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La televisión y la violencia ¿Espejo o cristal de aumento?
Gianfranco Bettetini

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  Historia de la televisión
Los estudios sobre los efectos de la representación de la violencia en los medios se pueden clasificar en dos pares de interpretaciones opuestas: la teoría de los efectos inmediatos, frente a la de los efectos a largo plazo; y la teoría de los efectos catárticos, frente a la de los efectos miméticos.

La teoría de los efectos a corto plazo predominaba en los años 30 y 40. Los acontecimientos políticos internacionales de aquella época alentaron investigaciones centradas en la persuasión y la propaganda: se buscaba explicar el comportamiento del público como respuesta a los estímulos simbólicos.

En cambio, a partir de los años 70, la atención de los estudiosos se dirige hacia la capacidad de los medios de influir por acumulación de estímulos, sobre todo cuando se prolongan durante el período, particularmente delicado, de la formación de la personalidad.

Efectos acumulados

La sustitución de la teoría de los efectos a corto plazo por la teoría de los efectos acumulados favoreció el paso de la interpretación catártica a la interpretación mimética. Simplificando, al máximo, se puede decir que la teoría catártica –hoy minoritaria- sostiene que las representaciones de la violencia producen en el espectador un efecto liberador no sólo del miedo que inspiran, sino también de las mismas tendencias violentas, conscientes o no, que el espectador lleva dentro. Por el contrario, la interpretación mimética afirma que la representación de la violencia mueve a la imitación, por lo que puede estimular comportamientos violentos en los espectadores.

Los estudios posteriores a 1970 muestran con abundantes indicios que existe una correlación entre la exposición prolongada en el tiempo a los contenidos violentos de la comunicación de masas –cinematográfica y, sobre todo, televisiva- y una serie de características de la personalidad y del comportamiento que tienen que ver con la experiencia, real o supuesta, de la violencia.

Se trata de una correlación que depende, como es obvio, de un conjunto de variables relativas tanto a las características de los mensajes como a las de la audiencia. Así, la edad, el grado de instrucción, el sexo, el contexto familiar, el carácter... pueden reforzar o atenuar, en gran medida, tales efectos, cualquier determinismo está fuera de lugar.

Una influencia comprobada

Pero se trata también de una correlación comprobada por numerosas investigaciones, incluidas algunas repetidas sobre unas mismas personas a lo largo de decenios. De ellas se puede concluir que la violencia en los medios tiene en el público, a largo plazo, efectos de tres tipos:

1) El efecto mimético directo: niños y adultos expuestos a grandes dosis de espectáculos violentos pueden llegar a ser más agresivos o a desarrollar, con el tiempo, actitudes favorables al uso de la violencia como medio para resolver los conflictos.
2) El segundo es un efecto más indirecto: la insensibilización. Los espectadores, sobre todo los niños, expuestos a grandes cantidades de violencia en la pantalla, pueden hacerse menos sensibles a la violencia real del mundo que les circunda, menos sensibles al sufrimiento ajeno y más predispuestos a tolerar el aumento de violencia en la vida social.
3) El público puede sobreestimar el índice de violencia real y creer que la sociedad en la que vive se caracteriza por un elevado grado de violencia y peligrosidad. En este caso, pues, no aumentarían los comportamientos violentos sino la reacción de miedo ante ellos.

Violencia, el género fácil

Como ya se ha dicho, esos efectos dependen, en primer lugar, de las características de los mensajes. A este propósito, antes que nada es necesario subrayar las diferencias que se dan, respecto a la representación de la violencia, entre el teatro, el cine y la televisión, según los distintos contextos de producción y de recepción. Con esto en absoluto se pretende justificar o infravalorar el problema de la violencia en los espectáculos teatrales o cinematográficos, sino más bien subrayar la particular gravedad que tiene la violencia en el ámbito televisivo, por la naturaleza de este medio. Primero, porque la televisión es un medio doméstico, accesible a cualquier tipo de público, en particular el infantil. Segundo, porque la televisión -–erced a la multiplicación de canales y al uso del mando a distancia- ofrece sus mensajes en flujo fragmentario, lo que colorea la representación de la violencia con características tales, que dificultan la contextualización, la reelaboración racional, el juicio ético.

Esto mismo puede explicar la proliferación de la violencia en la pequeña pantalla, por motivos de marketing. La violencia constituye un género fácil de contar y fácil de vender en el mercado mundial, a causa de su inteligibilidad inmediata. De ahí que, según un estudio, las series televisivas de argumento criminal son el 17 por ciento de los programas que se emiten en Estados Unidos, mientras que constituyen el 46 por ciento de las producciones norteamericanas que se venden en el extranjero[1].

Mostrar el mal sin justificarlo

Hecha esta aclaración, las consideraciones sobre la violencia en los medios se pueden articular en torno a tres temas: el modo de presentarla, la estimulación de la agresividad y la imitación de conductas violentas contempladas en los espectáculos.

El primer tema está relacionado con la dimensión persuasiva de los mass media, que no depende tanto de los puros contenidos, cuanto de la forma de exponerlos. La consideración de la componente retórica de la narración sirve para responder a uno de los argumentos más empleados para justificar los contenidos violentos: el mal y la violencia están en el mundo, y un film, una novela, un servicio informativo no pueden dar una visión falsa o edulcorada de la realidad. En primer lugar, hay que decir que, cuando un relato presenta, por ejemplo, un homicidio, la reacción del lector o espectador puede ser guiada hacia la piedad por la víctima o hacia la simpatía por el homicida, o hacia la indiferencia, el sarcasmo, la ironía, la satisfacción, la complacencia, según cómo se narre el hecho.

Los grandes autores clásicos han sido maestros en una representación no edulcorada del mal presente en el mundo que, sin embargo, mantenía bien clara la línea de valoración a la que adherirse. Dostoievski, como Shakespeare, muestra la fealdad del mundo, pero dejando claro adónde se dirige su simpatía: sus criminales despiertan comprensión, pero nos hace ver por qué son criminales y por qué suscitan nuestra comprensión. No se trata de ambigüedad, sino de claridad en la complejidad. Estos autores y otros clásicos son ejemplos bastante interesantes de una representación profundamente “moral” de un mundo en el cual el mal, la violencia, la inmoralidad están claramente presentes con toda su fuerza, pero descritos de un modo que no se sirve de la violencia para atraer ambiguamente al lector o no dejar claro un orden de valores.

El contexto es decisivo

Consideraciones como éstas hacen pensar que las estadísticas sobre el número de actos violentos representados en la televisión son indicativas, pero no concluyentes. No se puede decir que una película como La diligencia (Stagecoach), de John Ford, sea especialmente violenta, aunque muestre muchos tiroteos y muertes. En cambio, una sola escena de matones urbanos, cargada de violencia y destrucción, puede ser bastante más fuerte, aunque los resultados parezcan mucho menos graves. En efecto, el contexto suele ser decisivo. Un estudio en que se pidió a los sujetos valorar moralmente las acciones de diversos personajes llevó a la siguiente conclusión: “Hemos comprobado que la moralidad de una acción depende de quién la efectúa. La bondad o maldad de la conducta moral, tal como se presenta en la televisión, depende de que la acción sea realizada por un personaje simpático y admirado o bien por un personaje antipático y que inspira desconfianza. Muchos comportamientos que normalmente serían juzgados inmorales –chantajes, homicidio, asalto, etc.- resultan aceptables cuando los hace alguien que goza del favor público”[2]. Por su parte, Albert Bandura sostiene que, en la etapa de formación, la televisión puede promover mecanismos de justificación y de irresponsabilización personal que luego llevan a justificar, con argumentos retorcidos, un cierto uso de la violencia. Esto, naturalmente, sucede con más facilidad en ámbitos socioculturales “bajos”, donde la televisión proporciona gran parte de los estímulos de maduración cultural y faltan los recursos críticos que ofrece la relación con los adultos –incluso porque la televisión está encendida durante las comidas- y con otras formas de socialización.

La responsabilidad de los medios

El segundo tema –la estimulación de la agresividad- tiene que ver con la influencia psicológica de los medios. Se trata de ver si los espectáculos violentos fomentan una tendencia genérica a la agresividad. Digamos de entrada que existe una notable cantidad de estudios que concuerdan en afirmar que así es. Al término de un estudio de seis años de duración, realizado por diversos equipos en cinco países lejanos entre sí, Huesman y Eron concluyen que “agresividad y ver escenas de violencia tienen un cierto grado de interdependencia”, y que “los niños más agresivos ven más violencia en televisión”[3].

Es una dimensión que se suma a la precedente y que no es neutralizada por ella. En otras palabras, pueden existir contenidos cuya ideología no sea violenta, pero que, por la presentación particularmente impresionante de los comportamientos violentos, puedan tener efectos psicológicos negativos, aunque las ideas que proponen no se puedan juzgar como favorables a la violencia.

Tal es el caso, por ejemplo, la película La chaqueta metálica (Full Metal Jacket), de Stanley Kubrik: aunque es contrario a la guerra, puede tener, en especial para el público emotivamente frágil, efectos negativos. Lo mismo puede decirse de Pulp Fiction de Quentin Tarantino, película que es, sin duda, irónica y metalingüística, pero que se presta con bastante facilidad a una contemplación “ingenua” que se deje “informar” por la violencia mostrada, sin que se opere la inversión irónica.

Esto conduce a una reflexión que nos parece importante: hace falta reconsiderar con mucha más atención y responsabilidad el influjo que pueden tener las películas y las series televisivas, algunas de gran éxito. Pensemos, por ejemplo, en casos como el de Raíces (Roots) o en la serie de televisión sobre el Holocausto emitida en Italia a comienzos de los años 80. Junto a un efecto, que quizás es primero, de sensibilización, se corre el riesgo de obtener un efecto secundario, significativo cuantitativa y cualitativamente, de difusión de tales comportamientos violentos, por la sugestión que la representación de la violencia tiende siempre a generar, sobre todo en los sujetos más frágiles. La misma consideración podría hacerse sobre muchas películas, telefilms y miniseries televisivas que pretenden “denunciar”, hacer “tomar conciencia” de algunos problemas sociales ligados a la violencia en algunas categorías de personas.

Los medios no son un simple espejo

Con estas consideraciones, de algún modo, ya hemos introducido el último tema, que es la verdadera y propia imitación del comportamiento desviado visto en el cine o en la televisión. Basta leer con atención los periódicos para descubrir con frecuencia delitos que toman como modelos escenas vistas en el cine o en la televisión: así lo muestran las evidentes analogías y, a menudo, las declaraciones de los propios autores. A veces parecen inspirados en la televisión; a veces, el papel de la representación televisiva parece llegar a ser el de una verdadera instigación. Pensemos en los niños ingleses que mataron a otro, o en los émulos de la película La naranja mecánica (Clockwork Orange) de Stanley Kubrik, o en los del más reciente Asesinos natos (Natural Born Killers), de Oliver Stone.

Son acciones obradas por individuos particularmente frágiles, en algún caso preadolescentes, o en cualquier caso por sujetos ya predispuestos al riesgo de graves desviaciones. Pero aunque la televisión por sí sola no baste para explicar estos delitos y sea una causa más entre otras, no se puede olvidar que entre los factores que incitan al comportamiento gravemente desviado se encuentra también el consumo de espectáculos violentos. El hecho de que también haya causas de otra índole no debe hacer olvidar que ésta –quizás sólo la última pero con frecuencia la desencadenante- es una de ellas.

La eterna duda de si –en la violencia como en otros contenidos- la sociedad imita a los medios o la televisión y el cine cuentan lo que sucede en la sociedad, es una alternativa falsa. Todo contenido violento tiende a producir imitación: cuando un programa televisivo cuenta con detalle y de manera fuertemente gráfica un comportamiento desviado, no refleja simplemente la violencia que hay en la sociedad: la multiplica y la introduce en los hogares de millones de personas. Así se inicia, pues, un círculo vicioso que va de la violencia real a su representación y, de ésta, a nueva violencia real.

Por eso, es preciso disminuir el nivel de violencia presente en los medios, sobre todo –a nuestro parecer- interviniendo sobre la modalidad de su representación: evitando que aparezca subrayada, destacada en primera página, descrita minuciosamente, encarnada en pseudohéroes, convertida en tema de inútiles pseudoencuestas y de inconscientes apologías. Y hay que tener presente que se puede hacer apología de la violencia sin gastar una palabra en su favor: basta la presentación insistente en un medio socialmente incontrolable como es la televisión para hacer así que un criminal se convierta en un héroe; un delito, en una acción admirable.

La violencia de los “reality shows”

En conclusión, a nuestro parecer se puede afirmar que los aspectos negativos de la representación de la violencia pueden ser medidos conjugando diversos factores, que tienen una cierta autonomía: su justificación ideológico-retórica, que deriva de la estructura narrativa del relato; la vivacidad de la representación, que estimula la agresividad produce miedo y angustia; su imitabilidad por parte de personas frágiles, impresionables o predispuestas a las desviaciones.

Por último, la comunicación de masas puede adoptar un carácter violento con independencia de sus contenidos y, en cierto modo, de su misma naturaleza narrativa. Es la violencia de la comunicación excesiva, aquella que anonada al interlocutor forzando los tiempos, empujando al extremo la dramatización de los tonos, pretendiendo colocarse como última y total. Pensemos en el desprecio de la intimidad ajena, la búsqueda de la primicia a toda costa, la complacencia de cierta televisión del dolor, el uso irresponsable de imágenes dramáticas en contextos lúdicos, la falta de respeto de ciertos reality shows que quisieran aventar los secretos privados de sus participantes, la crueldad de ciertas candid cameras... Son algunos ejemplos de comunicación violenta no tanto por sus contenidos cuanto por la modalidad con que se dirigen al espectador agrediéndole, bajo pretexto de informarle, de divertirle, de hacerle reflexionar: ¿golpes bajos de un aparato comunicativo a veces carente de escrúpulos

(1] Cfr. George Gerbner, “Television and Violence: The Power and the Peril”, en G. Dines-J.J. Humes (eds.). Gender, Tace and Class in Media, Sage, Nueva York (1995).
[2] John Condry, “Thief of Time, Unfaithful Servant: Television and the American Child”, en Daedalus, CXXII, n. 1 (Invierno de 1993), pp. 44-45.
[3] L. Rowell Huesmann-Leonard D. Eron, “The Development of Aggression in Children of Different Cultures: Psychological Processes and Exposure to Violence”, en L. Rowell Huesmann-Leonard D. Eron, Television and the Aggressive Child: a Cross-National Comparison, Lawrence Erlbaum Associates, Hillsdate, New Jersey (1986


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