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Clarín - Las paredes tienen el color de los años, los pisos irregulares están pulidos por las décadas, las fotos enmarcadas son sepias y guardan rostros que ya no están. Los árboles del jardín tienen alturas centenarias, y hasta el aire parece hospedar un no sé qué, como inmemorial y misterioso

La de Santos Lugares es una casa construida con tiempo, vivificada por el pasado
Sábato emerge desde el fondo de las habitaciones, se detiene en una escalera al lado de un reloj, como si bajara la cuesta de la vida y el reloj no le perdonara un segundo. Acepta las fotos resignado y pide un té, imperativo, pero benévolo a la vez. Y enseguida, mientras lo bebe protestando un poco porque le falta azúcar, empieza a hablar de lo que ha sido y ya no es
Insiste en apegarse a la historia de su vida como las enredaderas a los muros de su casa vieja. Como si allí –antes–, respirara todavía una verdad que hoy nos haría bien volver a vivir, y a reencontrar

"Me acuerdo de las ‘Tiendas Blanco y Negro’, allí en Rojas, mi pueblo. Mi madre me llevaba siempre. Eran tiendas tranquilas, vendían ropa y artículos de ferretería
Me acuerdo cuando me perseguían por comunista durante la dictadura de Uriburu...
Me acuerdo de Oscar Domínguez, un pintor que conocí en París y que cada vez que me veía me invitaba a suicidarme junto a él... Me acuerdo mucho de Matilde, de mi hijo Jorge, de mi hermano Pancho a quien tanto quise...
Me acuerdo de un cuartucho en el que vivía escondido durante la dictadura de Uriburu. En las paredes había un dibujo de Beethoven, con su clásica cabellera. Y entonces una muchacha que limpiaba allí, vio el retrato y me preguntó: ‘¿Esa es su máma?’."
Se lo preguntó así, acentuando la primera "a", a lo criollo, y Sábato se ríe, se ríe y contagia la carcajada.

¿Se acuerda del futuro? ¿Es decir, piensa en el futuro?

(Ver: Ernesto Sábato o el eterno oficialista)

(Sábato recompone su reputada solemnidad.) Fundamentalmente soy un ser esperanzado. Sólo la esperanza nos hará libres. No soy un escéptico. A mí se me acusa de escéptico, no es así. Creo que lo decisivo es no creer que todo seguirá igual. Lo que es apocalíptico es vivir en un tonel de diversiones vanas, como se vive ahora, como si no hubiera futuro.

¿Cómo se hace para creer?

En la resistencia habita la esperanza. La esperanza es insensata –y agrega en un destello–: Por algo hay multitudes de seres humanos que trabajan y siguen a la espera como centinelas. Después está el arte, ¿no? El arte salva. A mí me salvó la pintura. Yo llevo a la pintura muy profundamente en mí. Me acuerdo que mi hermano Pancho me traía pinturas, unos lápices de colores de las tiendas Blanco y Negro. Y yo, de panza contra el piso, dibujaba y pintaba. Muchísimos años después, volví a la pintura (mis profundas dificultades con la vista me impidieron seguir escribiendo) y fue entonces que la pintura me salvó la vida. Yo he conocido pintores analfabetos, pero geniales. Porque para pintar hay que sentir...

De algún modo, la pintura lo devolvió a la niñez.

De algún modo, aunque hay que ver que yo he pintado o tratado de pintar el horror humano. Aun así me he salvado. Dicho sea de paso, debo decirle que en lo que a mi respecta, tengo muchos proyectos y muchas ganas. Como siempre digo, a mí me van a tener que llevar a la muerte con el auxilio de la fuerza pública.

Se hace un silencio reflexivo.

Sabato se esfuma por momentos, decide apartarse de tantas banalidades circundantes, se refugia en su interior y en el eterno retorno de su historia tan llena de tempestades y maravillas. De pronto evoca al poeta André Breton, líder legendario del movimiento surrealista francés, de quien fuera camarada en los años treinta; un instante después sus ojos se alumbran hablando del tiempo en el que vivió recluido en un rancho de Córdoba, sólo dedicado a escribir y a sobrevivir con lo mínimo indispensable. Al fin, como concediéndose una tregua a sí mismo, detiene el monólogo interior y, con atención metafísica, escucha la pregunta:

En su libro hay pasajes muy cercanos a una visión religiosa de la vida. ¿Usted cree en Dios?

Ese el más grande de todos los problemas, ¿no? Bueno, yo siempre he estado cercada del socialismo, del anarquismo, pero no por eso me sentía cerca de esos ateos de barrio, no digo barrio en el sentido peyorativo, ¿no? No creo en el ateísmo simplista. Aunque sí creo en las verdades simples.

Siempre ha enarbolado una filosofía de lo barrial. ¿El barrio es esencial?

Por algo yo vivo acá en Santos Lugares y no en Buenos Aires; no lo soportaría. Yo vivo acá porque estoy tranquilo. Cuando llegué a este lugar hace 53 años, estas calles eran de tierra, eran los restos de una gran quinta, que llegaba hasta San Martín y Villa Devoto. Todo esto era una estancia. Y la gente de este barrio era obrera, gente modesta, trabajadores, ferroviarios en general, casi todos empleados de los talleres Alianza del Ferrocarril San Martín. Era buena gente, siempre me llevé bien con ellos y ellos conmigo. Siempre nos ha unido el afecto. Dicho sea de paso, aquí nomás, muy cerca, fue donde fusilaron a Camila O’Gorman, ella estaba embarazada y la mandó fusilar Rosas. Fue un horror. Y todo porque se enamoró de un cura. El entonces dejó el curato, pero los fusilaron a los dos, fue acá nomás, en los cuarteles de Santos Lugares.

¿Cómo vive este tiempo que nos toca vivir a todos, este nuevo milenio, donde hay otros horrores y también grandes prodigios?

Yo he visto muchas cosas en mi larga vida, y he pasado muchísimos peligros, pero también he tenido muchísima suerte, porque estoy vivo. Por eso creo que hay momentos decisivos en la vida de los pueblos como en la de los hombres. Estamos atravesando uno de ellos con todos los peligros que ya sabemos, pero toda desgracia tiene también su fruto, si el hombre es capaz de soportar el infortunio con grandeza.

Roque, su perro, un fiel ovejero alemán , con seguro destino mitológico –como Beppo, el gato de Borges–, mira a Sabato con devoción, esperando su mano amiga. Sabato lo acaricia y recomienza a hablar enunciando a modo de introducción un típico modismo de antaño. "Perdonando los presentes", dice, se ríe y reitera con énfasis, consciente de su anacronismo deliberado:

"Perdonando los presentes, como se decía antes, yo quiero recordar que este perro se llama Roque como yo, que me llamo Ernesto Roque, y esto es así porque mi padre simpatizaba con Roque Sáenz Peña."

Es un perro que está muy de acuerdo con el voto secreto y obligatorio.

Desde luego –ríe Sábato–, este perro es un demócrata.

La conversación discurre por extremos antinómicos; Dios y el perro Roque, el barrio entrañable y el poeta surrealista André Bretón. Nada es casual, un clima arduamente surrealista preside el diálogo del que también participa Elvira González Fraga, la mujer con quien enhebra ahora los hilos de sus meditaciones. Ella afirma que los libros de ocultismo y las filosofías herméticas siempre lo han fascinado a Sábato, él asiente, y agrega que "deben existir los Mandamientos y la amenaza bíblica del infierno, porque el mal tiene tendencia a prevalecer por sobre el bien". Enseguida, Sábato atenúa lo dicho, mientras sigue pensando en voz alta: "Es cierto que existieron seres endemoniados, que existieron y que existen innumerables malvados, pero también existieron santos. De todos modos, no sólo nos hacen sufrir los malvados, ¿no? En fin, de todos modos ésa es la cuestión; la lucha entre el bien y el mal. Esa es la gran cuestión", sigue Sábato en una letanía, aunque finalmente, inescrutable, proclama: "En realidad, se trata de un falso dilema".

Un clima espeso y enigmático invade todo. Como si algo trascendental se filtrara a través de la mera superficie de la realidad. Frente a Sabato (tal vez por la conformación de su mirada detrás de sus anteojos sempiternos, o por el plástico rictus de su rostro octogenario), parecen alargarse los instantes ,y parece deformarse el espacio haciendo emerger otra realidad detrás la visible, como en una pintura surrealista.

Se hace un largo silencio. Sabato se abandona a sus pensamientos y de pronto Gladys, quien desde hace décadas colabora con los menesteres domésticos de la casa, se acerca al escritor y le dice con inocultable cariño: "Tata, que le vaya bien con la filmación". Aunque no era exactamente una filmación sino la cesión fotográfica para VIVA, él agradece sonriendo el buen deseo.

¿En su casa le dicen Tata?

Claro, Tata, ¿qué tiene de raro? –responde Sábato sorprendido por la pregunta.

Sábato se acuerda de repente de su visita a la cárcel de mujeres. Fue allí hace un par de meses, a principios de abril. La experiencia le quedó grabada como una cicatriz:

Había muchachas allí que habían pintado cuadros. ¿Se da cuenta?, pintaban y estaban en la cárcel. Los presos son seres humanos . Hay quienes olvidan esa verdad elemental. No hay que olvidarla ni un instante. Además, algunas de esas muchachas tienen hijos. Me dan una profunda pena. Yo miré a los carceleros y les dije: "Cuídenlas. Cuídenlas". Una de ellas, la que había pintado una serigrafía, me pidió que yo le firmara su cuadro. Yo le dije que la pintura era de ella y que ella debía firmarla. Al fin, decidimos firmar los dos, y así quedó su cuadro, con su firma y con la mía. Después me comprometí a regalarle a las internas uno de mis cuadros. Se alborozaron, me apretaron las manos. Hay que cuidarlas. Hay que cuidar a esas pobres gentes. ¿O no?

¿Qué es para usted la libertad?

(Sabato nunca responde con la continuidad de los discursos huecos. Sus afirmaciones se hilvanan lentamente, con idas y con vueltas, con dudas intensas, con matices muy vitales. Sus palabras navegan en una ardua deriva con toda la profundidad de los años y del saber.)

Desde joven he vivido la zozobra de la libertad. He pasado momentos de angustia sin saber qué hacer, sin comprender qué resultaría de una elección.

Sin embargo, usted y todos, eligen a cada momento. Vivir es tomar decisiones sin descanso, ¿está de acuerdo?

Uno elige, como cuando elige una carta con los ojos cerrados. Sin embargo siempre me llegó el momento de avanzar con el alma de frente, de avanzar hacia la decisión, cualesquiera fueran las consecuencias.

En el discurrir de la charla Sábato recuerda a su madre, se conmueve y conmueve a la vez. Impresiona verlo con 88 años, y tan necesitado de madre, tan a la intemperie.

"Cómo me quería mi madre", dice y la añora. Hace una pausa muy profunda. Se abrocha el cuello de la camisa. Se cuida de la brisa que cruza su jardín colmado de otoño y de colores:

"Cómo me quería mi madre... –repite suspirando–. Tuvo once hijos, once varones. Mi madre era albanesa, mi familia paterna era de la zona de Cosenza en Italia, y muy cerca, enfrente, cruzando el charco digo yo, estaba Albania. De allí proviene mi madre, que era tan estoica y me quería tanto. Yo estuve hace poco en Albania y allí me dieron un gran premio literario. Me emocioné profundamente, me emocioné por mí, y por mi madre. También recuerdo mucho en estos tiempos a mi padre, fíjese lo que son las cosas de la memoria, me acuerdo mucho en este mismo momento de un trajecito de terciopelo que me regaló mi padre..."

Vale lo que él mismo escribió en Sobre Héroes y Tumbas: "Tenían que transcurrir muchos años, sufrir yo muchos golpes, perder grandes ilusiones y conocer multitud de gente para recuperar en cierto modo a mi padre y a mi pueblo natal: ya que siempre el camino hacia lo mas íntimo es un largo periplo que pasa por seres y universos...".

¿Los recuerdos lo acompañan o lo hacen sentir solo?

Cuando uno llega a mi edad, descubre que lo esencial son las cosas más simples. Las imágenes de la memoria, las que quedan, son simples, pero esenciales. El rostro de mi padre, mi madre, las veredas de Rojas, lo más simple... Es que al fin, y antes del fin, eso es lo que mas importa.

Su libro La resistencia será editado por Internet, a partir de ahora usted también será un autor virtual...

Este hecho de la globalización que tanta amargura me ha traído, tiene a la vez su contrapartida. Lo importante son los valores que nos alientan, son los valores los que presiden las grandes decisiones. La lectura es un valor espiritual. Lo importante es resistir. Simplemente, no hay que permitir que nada (tampoco la tecnología) nos desperdicie la gracia de los pequeños momentos de libertad que podamos gozar : una mesa que compartimos con gente que queremos, una caminata entre los árboles, la gratitud de un abrazo.

Eso es estar a la altura de los tiempos

Cae el sol. Sábato avanza por el jardín de su casa antigua. Crujen las hojas del otoño, y él, como despidiéndose , y casi sin darse cuenta deja brotar su asombro: "El crepúsculo, qué misterio..."


 

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