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. Maradona por Maradona

240900 - "Viví cuarenta años pero valen por setenta"
Los alrededores del complejo La Pradera tienen algo de suburbio, de Gran Buenos Aires: corralones, enormes depósitos con maquinaria oxidándose al aire libre, las calles con cráteres llenos de agua, un pasto que de tan olvidado se gradúa de yuyo, alguna casa sin puerta, y decenas de trabajadores cubanos que como todos los días esperan el transporte o hacen dedo. Aunque pasaron apenas cinco años desde que abrió, el Spa La Pradera podría pasar por un complejo de veraneo de los 70 en temporada baja: hay poca gente, la cancha de tenis tiene la red floja y el olor a humedad gana por nocaut.

 

En la casa 1 se estaciona el siempre cuestionado entorno maradoniano: Guillermo Coppola, Carlos Ferro Viera, Evi (una chica amiga de Coppola), el casero cubano Eduardo y una perrita cocker llamada Sofi. A diez metros está la casa 2. Es fácil darse cuenta porque tiene pintada al frente "La Bombonerita" en azul y amarillo. Es la casa de Diego. Mientras en la primera el teléfono no para de sonar y la gente va y viene, en la segunda no vuela una mosca. Persianas bajas, silencio: "Diego descansa".

Las semanas de Maradona tienen ciclos: de golpe el hombre se encierra, pasa mucho tiempo adentro, solo, mirando por TV todo el fútbol del mundo, durmiendo eternidades, dándole de comer a la fantasía ajena. ¿Qué hará? ¡Qué no hará! De golpe se levanta y arma una revolución en un par de horas: fútbol, pileta, gimnasio en el Havana Club, alguna polémica de peso completo por TV, alguna escapada nocturna a cenar, o al boliche Macumba.

Qué tan largo pueda ser un lapso o el otro depende del ánimo. Cuando está bien se lo ve de acá para allá. Cuando anda medio caído, no se lo ve. El último mes y medio de Diego tuvo mucho de encierro. Tanto es así que su médico argentino, Alfredo Cahe, admite que ya no le preocupa tanto su corazón como esa melancolía: "Siempre la tuvo, pero antes jugaba al fútbol y vivía rodeado de gente. Ahora le da por estar solo. Es un hábito que no tiene que ver necesariamente con su adicción".

Coppola, acaso el único con libre acceso a ese santuario de la soledad, jura que el espacio de Diego es tan sagrado que hasta él, que es su hermano, golpea la puerta antes de entrar. Y le promete a Clarín que Diego estará levantado para dar la nota a la tardecita.

A la hora señalada una tormenta tropical está en el colmo de sus energías. Grueso aguacero, relámpagos, truenos. El aire se espesa; la ropa se hace caldo. Coppola les pone las pilas a los demás. Los demás se mueven. Ferro Viera atiende el teléfono —cuesta imaginarlo como una influencia nefasta viéndolo tan hacendoso y subordinado—, Evi prepara las mudas de ropa de Diego para la sesión de fotos.

En plena sinfonía de truenos, un Maradona con diez kilos menos y cara de pibe entra en escena. Le falta un mes para los cuarenta, pero esa cara que vemos no tiene tiempo. Deshinchada, deja vislumbrar mejor aquella sonrisa de Argentinos Juniors, Boca, la Selección. El cuerpo va bien encaminado. Diego recuerda con una mueca el puntapié inicial de esta dieta: "Dalma me dijo: ''¡No te soporto más así!''".

De arranque está lento, como sacándose la almohada de la cara. Pero pronto seduce con esas ocurrencias tan magistrales que parecen venir de la zurda. Está posando bajo la lluvia, y pronostica al ver un rayo: "En cualquier momento, Maradona se convierte en Pelé". Al rato, una definición hilarante: "Tiene más arrugas que frenada de gusano", dice sobre un periodista de TV con el que lleva años peleado. Enseguida dirime en tres palabras una pulseada ancestral respecto de las armas de seducción: "Billetera mata galán". Recordando otras memorables de su cosecha ("Me cortaron las piernas", "se le escapó la tortuga"), le preguntamos si tiene guionista. Por toda respuesta toca su cabeza: "Salen". Lejos de la pelota, acaso en esas frases esté la nueva magia de Diego. Son la marca de su sensibilidad, y escapan a su propia caricatura. Esa del tipo difícil, que se fastidia cuando le apoyan una mano en el hombro; que despotrica a veces sin ton ni son; que pide ayuda y no se deja ayudar.

Cuando le recordamos que se peleó con todo el mundo del fútbol, replica igual que Pedemonti, uno que se hizo famoso parodiándolo: "¡Son todos unos caretas!".

Y sólo se pone serio frente al grabador.

—Con todo lo que te pasó, para vos no corre eso de "la vida empieza a los 40".

—¡Dejate de hinchar! Con la palma que tengo no puedo empezar de nuevo. Escuchame: yo viví 40 años pero valen por 70. Me pasó de todo. Como digo en el libro: de una patada fui de Fiorito a la cima del mundo y ahí me tuve que arreglar solo.

—En el libro se te nota un poco peleado con la Argentina. ¿Es con la gente?

—No. Con la gente de la calle estoy fenomenal porque es la que sabe que si tengo una enfermedad, la tengo yo. Y no salgo por la calle con una bandera a decir "Viva la droga". Por eso los padres están tranquilos. Aparte el ejemplo no es Maradona, el ejemplo son los padres. Sí me molestan los que creen que yo ensucio al país, que el país tiene problemas por culpa mía.

—¿Por qué le dedicás el libro a Menem, con quien estuviste peleado?

—Mirá, Menem se jugó por mí cuando estaba suspendido. El habló con Havelange para que me levantara la sanción. Y se lo agradezco. Lo que nunca le voy a perdonar es el indulto: estoy a muerte con las madres de esos chicos.

—¿Sabés que mandaron unos 25 mil e-mails a la AFA pidiéndole que permita tu despedida oficial con la Selección?

—¡Nooo! Me parece genial. ¡Uyyy!, eso sería fantástico, porque aunque parezca mentira yo oficialmente no tengo tantos partidos con la Selección en Buenos Aires.

—¿Es la despedida que soñás?

—No, yo sueño en una despedida con mis amigos del fútbol, si es que se da. Pero la despedida oficial... ¡Ma-rí-a!

—¿Cómo?

—¡Ma-rí-a!, que me encantaría. Yo cuando digo María es porque toco el Cielo.

—¿Cómo estás en Cuba?

—Te voy a contestar de una sola manera. Estamos sin familiares. Estamos solos. Porque lo hemos elegido nosotros y porque no podemos decirle a la gente que venga, pero nos jode que no vengan a vernos. Después, a los que dicen que estamos de joda, si yo elijo un país para joder, elijo Jamaica o Ibiza, no Cuba. Que con todo el respeto que me merece Fidel, un día me tuve que bañar dos veces con agua fría.

—¿Por qué no vienen a verte?

—Porque no hay cine, porque no hay shopping, porque se aburren. Ojo: como nos aburrimos nosotros a veces. Algunos me dan un golpe de teléfono. Amagan, amagan, pero no vienen. Por eso yo le doy valor a Rodrigo, que me vino a ver de una.

—¿Cuánto tiempo más te ves en Cuba?

—Mucho tiempo, mucho tiempo...

—¿Te hace bien estar acá?

—Sí, la historia es con mis hijas.

—¿Vienen poco?

—Eso lo maneja la madre.

—¿Cómo vas a festejar los 40?

—Voy a ir a una isla solo, con Guillermo.

El humor de Diego vira hacia la impaciencia. Sin malos modales, se levanta y vuela hacia su casa. La charla se corta. Queda flotando una pregunta sobre el tratamiento para el otro día.

Pero tres horas después sonaba el celular de Coppola. Era Diego. Bajo una lluvia torrencial, estaba perdido con su Mitsubishi Montero 4x4 azul metalizada en la otra punta de La Habana. Iba a visitar a unos amigos cubanos buceadores que conoció en una escapada a Varadero. "No veo un corno y hay cada pozo", le explicó a su amigo. Sabiendo que no suele manejar precisamente al ritmo de un taxi desocupado, Coppola le preguntó: "¿Tenés puesto el cinturón?". Diego lo llevaba puesto, según su costumbre, pero se lo hizo poner a Ferro Viera, que lo acompañaba. Venían escuchando a Rodrigo. Tres minutos después, se estrelló contra el frente de un micro que se le apareció en una boca de lobo. Eran las 22.45. No se mató de milagro. "Pasé tanto tiempo atrapado que hice mi diagnóstico: fractura de fémur, tibia y peroné", le contó a Clarín después.

Otra tormenta. Otra vez el entorno atentando contra la vida del ídolo. "Si no estaba Fierrito, ¡salía igual!", explota Coppola. "Tiene 40 años, independencia económica y las llaves del auto en el bolsillo." Fue una desgracia con suerte para los ocupantes y para el bolsillo de Diego: un día antes, Coppola había renovado de casualidad el seguro de la 4x4. El chiste podría haber costado 60 mil dólares.

El choque quebró a la fuerza el ostracismo dominante. Lo visitó Fidel Castro, lo visitó Claudia, recuperó un poco el humor. Como si cada tanto necesitara un sacudón tremendo para abrir los ojos -
Clarín

Maradona por Maradona

Saben de dónde vengo? ¿Saben cómo empezó esta historia?

Yo quería jugar, pero no sabía de qué quería jugar, no sabía... No tenía ni idea. Yo empecé de defensor. Me gustó siempre y todavía me seduce jugar de líbero, ahora que apenas me dejan tocar una pelota porque tienen miedo de que mi corazón explote. De líbero mirás todo desde atrás, la cancha entera está delante tuyo, tenés la pelota y decís, pim, salimos para allá, pum, buscamos por el otro lado, sos el dueño del equipo. Pero en aquellos tiempos, ¡ma'' qué líbero ni líbero! La cosa era correr atrás de la pelota, tenerla, jugar. A mí, jugar a la pelota me... me daba una paz única. Y esa sensación —la misma, la misma— la tuve siempre, hasta el día de hoy: a mí dame una pelota y me divierto y protesto y quiero ganar y quiero jugar bien. Dame una pelota y dejame hacer lo que yo sé, en cualquier parte.

Porque la gente, la gente es importante, la gente te motiva, pero la gente no está adentro de la cancha. Y donde uno se divierte es adentro de la cancha, con la pelota. Eso hacíamos en Fiorito y eso mismo hice siempre, aunque estuviera jugando en Wembley o en el Maracaná, con cien mil personas.

Lo que pasa es que nosotros, en Fiorito, allá en la villa, desafiábamos mucho más que eso. Desafiábamos al sol.
Mi vieja, la Tota, que me cuidaba siempre y me mimaba todo el tiempo, me decía:

—Pelu, si vas a jugar... después de las cinco, cuando caiga el sol.
Y yo le contestaba: —Sí, mami, sí, mami, quedate tranquila.

Y salíamos a las dos de casa, con mi amigo el Negro, con mi primo Beto o con quien fuera, y a las dos y cuarto ya estábamos jugando, dale que dale, ¡bajo el rayo del sol!, y no nos importaba nada y nos matábamos...

Cara a cara con la barra brava de Boca

Entonces los muchachos, la barra, coparon La Candela, allá en San Justo.
Yo estaba esperando para usar el teléfono, para llamarla a la Claudia. Y el Mono Perotti no cortaba. Era una salita donde estaba el teléfono, casi en la entrada...

(...) Cuando miro alrededor, había como dos mil personas adentro de la salita de ping pong. Era la barra: se metían en las habitaciones, José Barritta —el Abuelo—, todos... Vi revólveres, revólveres de verdad. Miré por la ventana y vi que en el estacionamiento había como diez autos, eran todos de ellos. Le querían pegar al Tano Pernía, al Ruso Ribolzi, a Pancho Sá... Yo no lo podía creer.

(...) Y el Abuelo me insistía...
—Mirá, Diego, los diarios dicen que algunos de éstos no te quieren pasar el fulbo, que no quieren correr para vos, así que apuntanos a los que te tiran al bombo, y nosotros nos encargamos... Si no corren, los amasijamos a todos.

¡Una locura! Porque yo venía como figura, todo lo que quieran, la gente me adoraba... pero ¡estaban todos locos! Y Silvio (Marzolini) que no venía, estaba escondido... Cuando apareció, lo encaré:

—Así este equipo no puede jugar.
Y ahí, el Abuelo habló otra vez:
—Bueno, bueno. Jueguen... Pero mejor que corran, mejor que corran porque si no los reventamos a todos.
—¿Cómo que nos van a matar si no corremos, viejo? Escuchame...
—Con vos no, nene... Vos vas a ser capitán, vos sos el representante nuestro, vos quisiste venir a Boca.

En 1981 yo tenía 20 años, nada más, y encaré a todos los tauras de Boca. Le hice frente al Abuelo. Ese día, me gané el respeto de todos... Porque no me conocían a mí. A mí me conocían como el Maradona que jugaba a la pelota, pero ahí se dieron cuenta de que también los podía defender afuera de la cancha.

Mi amigo Coppola

Lo de Guillermo, por sobre todas las cosas, fue el orden, el manejo, la presencia, la inteligencia para saber cómo emplear mi plata, cómo invertirla... El nunca tuvo un tanto por ciento de nada, porque... ¡él tenía más plata que yo! Muchas veces jodíamos que íbamos a hacer una carrera, a ver quién juntaba más. Porque de la situación en la que nosotros estábamos, Guillermo hizo un tesoro... Cuando dicen que Coppola me lleva a esto, que Coppola me lleva a lo otro, yo contesto: "Coppola me sacó del cero y me llevó a diez, ¡Coppola me sacó del cero y me llevó a diez!".

Y lo de la droga, que no hace a esta historia, lo respondo con pocas palabras, escuchen bien: jamás Coppola pudo haberme llevado a la droga porque cuando yo empecé, en Barcelona, él todavía no estaba. Punto.

México 86, el gol soñado y la gloria

22 de junio de 1986, otro día que no voy a olvidar mientras viva, nunca... Aquel partido en el Mundial de México contra los ingleses, peleado, apretado, con el negrito Barnes complicándonos las cosas al final. Y con mis dos goles. ¡Mis dos goles!

Del segundo recuerdo muchas cosas, muchas... Si lo cuenta algún pariente mío, siempre aparece un inglés más; si lo cuenta Coppola, Bilardo me había dado la noche libre el día anterior y yo volví para el partido, al mediodía... No, en serio: creo que es el gol soñado. Yo en Fiorito soñaba con algún día hacer un gol así en la canchita, con el Estrella Roja, y lo hice en un Mundial, para mi país y en una final. Sí, una final. Porque con todo lo que representaba, jugábamos una final contra Inglaterra. Porque era como ganarle más que nada a un país, no a un equipo de fútbol. Si bien nosotros decíamos, antes del partido, que el fútbol no tenía nada que ver con la guerra de las Malvinas, sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos allá, que los habían matado como a pajaritos... Y esto era una revancha, era... recuperar algo de las Malvinas. Todos decíamos, en las notas previas, que no había que mezclar las cosas, pero eso era mentira, ¡mentira! No hacíamos otra cosa que pensar en eso, ¡un carajo que iba a ser un partido más!

Era más que ganar un partido, era más que dejar afuera a los ingleses. Nosotros, de alguna manera, hacíamos culpables a los jugadores ingleses de todo lo sucedido, de todo lo que el pueblo argentino había sufrido. Sé que parece una locura, un disparate, pero eso era, de verdad, lo que sentíamos. Era más fuerte que nosotros: estábamos defendiendo nuestra bandera, a los pibes muertos, a los sobrevivientes... Por eso, creo, el gol mío tuvo tanta trascendencia. En realidad, los dos la tuvieron, los dos tuvieron su gustito.

El segundo fue, como dije, el gol que uno sueña de pibito. Nosotros, en el potrero, cuando hacíamos algo así o parecido, decíamos que lo habíamos mareado al rival, lo habíamos vuelto loco... Fue... no sé, cuando yo vuelvo a verlo, me parece mentira haberlo logrado, en serio. No porque lo haya hecho yo, pero te parece que no se puede hacer un gol así, que lo podrás soñar, pero nunca lo vas a concretar.

Ya es un mito, ahora, y por eso se han inventado muchas cosas, como que yo pensé en un consejo de mi hermano, en el momento... No, en el momento, no, pero después sí me di cuenta, algo me habrá venido a la cabeza, porque definí como mi hermano el Turco me había dicho: resulta que poco más de seis años antes, el 13 de mayo del 81, durante una gira con el seleccionado mayor, contra Inglaterra, en Wembley, yo había hecho una jugada muy parecida, pero muy parecida y definí tocándola a un costado cuando me salió el arquero.

Passarella

La pelota se fue afuera por esto, por nada, cuando yo ya estaba gritando el gol. El Turco me llamó por teléfono y me dijo: "¡Boludo!, no tendrías que haber tocado... Le hubieras amagado, si ya estaba tirado el arquero". Y yo le contesté: "¡Hijo de puta! Vos porque lo estabas mirando por televisión". Pero él me mató: "No, Pelu, si vos le amagabas, enganchabas para afuera y definías con derecha, ¿entendés?" ¡Siete años tenía el pendejo! Bueno, la cosa es que esta vez definí como mi hermano quería.

Lo que sí es cierto, y también se cuenta como una leyenda, es que yo lo venía viendo a Valdano, que corría a mi izquierda, abriéndose hacia el segundo palo... La cosa fue así: yo arranqué atrás de la mitad de la cancha, sobre la derecha; la pisé, giré y pasé entre Beardsley y Reid; ahí ya me puse el arco entre ceja y ceja, aunque me faltaban unos metros, todavía... Con un enganche hacia adentro, lo pasé a Butcher, y es a partir de ahí donde me empezó a ayudar Valdano, porque Fenwick, que era el último, ¡no me salía! Lo esperaba a él, lo esperaba para hacer la descarga hacia adentro, que era lo lógico... Si Fenwick me salía, yo se la daba a Valdano y él quedaba solo contra Shilton... Pero Fenwick ¡no me salía! Yo lo encaré, entonces, amagué para adentro y me le fui por afuera, hacia la derecha... ¡Me tiró un guadañazo terrible, Fenwick! Yo seguí y ya lo tenía a Shilton de frente... Estaba en el mismo lugar que en aquella jugada de Wembley, ¡en el mismo lugar! Iba a definir de la misma manera, pero... pero el Barba (Dios) me ayudó, el Barba me hizo acordar... Pic... Hice así y Shilton se comió el amague, se lo comió... Entonces llegué al fondo y le hice, tac, adentro... Al mismo tiempo Butcher, el grandote rubio, que me había alcanzado de nuevo, ¡me pegó un patadón! Pero no me importaba nada, nada de nada... Había hecho el gol de mi vida.

(...) La cosa es que mientras tanto, la gente seguía ahí, pasaban los días y seguían ahí (N. de la R.: se refiere a lo que sucedió al regreso del Mundial de México). ¡Yo no lo podía creer! Yo decía: esto no se puede hacer por nadie, ni por Maradona ni por nadie... Mujeres grandes, gente grande, chiquitos, me costaba entender. No sé, trataba de ponerme en el lugar de ellos y en una de ésas yo, de pibe, me hubiera parado en la puerta de la casa de Bochini. (...) Una noche de ésas, hice entrar a dos chiquitos, porque me dio mucha, demasiada pena: jugué un ratito con ellos a la pelota en el living, la mamá nos miraba y no lo podía creer. Me parece que ellos ni se dieron cuenta de que habían estado conmigo, pero yo sentía una lástima, una lástima tremenda. Intimamente sentía que todo eso era demasiado... Yo sólo había ganado un Mundial.

Dicen que yo hablo de todo, y es cierto. Dicen que yo me peleé con el Papa, y tienen razón. ¿Porque salí de Villa Fiorito no puedo hablar? Yo soy la voz de los sin voz, la voz de mucha gente que se siente representada por mí, yo tengo un micrófono delante y ellos en su puta vida podrán tenerlo. A ver si se entiende de una vez: yo soy El Diego. (...) Para que nadie invente giladas, lo cuento todo: con Passarella nos habíamos peleado en la concentración del América de México, en el Distrito Federal, donde vivíamos en la Copa del Mundo del 86. La historia fue así... Yo llegué quince minutos tarde a una reunión junto con los... rebeldes. Eso éramos, según Passarella, Pasculli, Batista, Islas... ¡Quince minutos tarde llegamos! Y entonces nos comimos un discurso de Passarella, con el estilo de él, bien dictador: que cómo el capitán iba a llegar tarde, que esto, que lo otro. Lo dejé hablar, lo dejé hablar... "¿Terminaste?", le pregunté. "Bueno, entonces vamos a hablar de vos, ahora", le dije. Y conté, delante del plantel completito, todo lo que era él, todo lo que había hecho él, todo lo que yo sabía de él. Y se armó el lío grande, ¡grande, grande! Porque en aquella Selección, hay que decirlo, había dos grupos. Por un lado, los que apoyaban a Passarella. Su banda. Ahí estaban Valdano, Bochini, varios. Passarella les había llenado la cabeza y por eso decían que no- sotros habíamos llegado tarde porque estábamos tomando falopa, y que esto, y que lo otro... pero, más que nada, por supuesto, eso de que estábamos tomando falopa y ésos éramos nosotros, mi grupo. Entonces yo le dije: -Está bien, Passarella, yo asumo que tomo, está bien... Alrededor, un silencio tremendo. Yo seguí: -Pero acá hay otra cosa: no estuve tomando en este caso... No en este caso, ¡mirá vos! Y, además, vos estás mandando al frente a otra gente, a los pibes que estaban conmigo... ¡Y los pibes no tienen nada que ver! ¿Entendiste, buchón? La única verdad es que Passarella estaba queriendo ganarse al grupo de esa manera, sembrando cizaña, inventando cosas, metiendo palos en la rueda. Quería ganárselo desde que había perdido la capitanía y el liderazgo; lo tenía atragantado, lo tenía acá. Porque él fue un buen capitán, sí, y yo siempre lo dije. Pero yo mismo lo desplacé: el gran capitán, el verdadero gran capitán, fui, soy y seré yo.

Después de eso, cada vez que podía, él me jugaba feo, muy feo. Lo agarró a Valdano, un tipo muy inteligente, a quien todo el mundo escuchaba, incluido yo, que era capaz de estar cuatro horas con él sin poder meter un bocadillo, y le metió en la cabeza que yo estaba llevando a todos a la droga. Entonces me planté, en el medio de esa reunión, y en nombre de mis compañeros y en nombre mío, por supuesto, le grité a Passarella:

-¡Acá nadie toma, viejo!

Y lo juro por mis hijas que no tomamos, que en México no tomamos. Pero como estábamos sacando los trapitos al sol, se me ocurrió hacerla completa:

-A ver, ya que estamos... Estos dos mil pesos de teléfono que tenemos que pagar entre todos, porque nadie se hace cargo, ¿por llamadas de quién son?

Nadie saltó, nadie contestó, alguno miró el piso... No volaba una mosca. Lo que no sabía Passarella es que por aquellos tiempos, en 1986, parece que hace un siglo ya, las cuentas telefónicas en México tenían detalle: en la factura venían los números, uno por uno... Y el número era el de él, ¡hijo de puta! Ganaba dos millones de dólares y se hacía el boludo por dos mil. Eso sí que es tomarle la leche al gato.

Yo prefiero ser adicto, por doloroso que esto sea, a ventajero o mal amigo. Esto de mal amigo lo digo por la historia que terminó de alejarme de él y terminó también de formar la verdadera imagen de Passarella para los demás: cuando él estaba en Europa, todo el mundo comentaba que se escapaba a Mónaco para verse con la esposa de un compañero, de un jugador del Seleccionado argentino... ¡Eso hacía y después lo contaba en el vestuario de la Fiorentina, como una hazaña! (...) Allá fuimos, y en la reunión, con Passarella presente, conté todo lo que sabía de él y se hizo un silencio profundo... Hasta que saltó Valdano:

-¡Vos sos una mierda! -le gritó al Kaiser.

Ahí se rompió todo. Ahí le agarró la diarrea, el mal de Moctezuma, cuando la realidad era que todos meábamos por el culo. Ahí le dio el tirón, ésta es la verdadera historia.

(...) El sabe muy bien que no es quién para venir a decirme a mí nada de la droga. Porque si vamos a hablar de eso, tendremos que remontarnos a un proceso muy largo y muy viejo en el fútbol argentino, de una época en la que él jugaba y yo no, de una Copa Libertadores que yo nunca jugué y él sí, varias veces... ¿Y soy el único drogadicto, yo?

Una vez, Menem me invitó a conversar de este tema con Passarella. Una reunión para charlar de todo, y también de la droga. "Cuando quiera, Presidente, cuando quiera", le dije. Pero Passarella nunca apareció, parece que no se animó.

Para que quede clarito, esto: Passarella, si vos no querés que te ensucien, no ensuciés; si yo conocí la droga en el fútbol, fue por vos, ¡fue por vos! Entonces, claro: "De Maradona no hablo". Porque si él habla y yo contesto, se pudre todo.

La Claudia

No es la esposa del campeón. Es la enamorada de un señor que se llama Diego Armando Maradona, en las buenas y en las malas, en la gloria y en la agonía. Por eso, cuando muchos se preguntan cómo me soporta, cómo sigue conmigo pese a todo, cómo sigue conmigo cuando yo salgo y todas esas cosas, respondo... Respondo: ¡porque salen todos!, salen todos pero a nadie le sacan la foto, como a mí; porque yo no mato a nadie para inventar un velorio, como hacen un montón de tipos para salir de trampa. Yo le aviso, yo salgo ¡con autorización de ella, ¿eh?! Mi vida es así, yo la elegí a ella y ella me eligió a mí..

Fragmentos de "Yo soy el Diego", de Diego Armando Maradona

 


 

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