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Música / Music
Flamenco: desgarrándose el alma
María Belén Luaces

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290408 - Al Margen

Nacimientos

Toda música con raíces tiene un alma que palpita en su centro, que resuena en el corazón de los que ante ella se subyugan. La periodista María Belén Luaces admite que su perdición, ante la objetividad del oficio, fue escuchar alguna vez el cante jondo. Partiendo de esa premisa, nos propone un recorrido por el rastro que en el siglo XV dejaron las huellas de gitanos, moros, judíos y cristianos en Andalucía. Sus pasos y sus encuentros marcaron el origen de un arte que conmueve, se reinventa y sacude las ramas del árbol que constituye la música, por dónde se libera la vida.

"Canto porque me acuerdo de las cosas que he vivido"
Manolito el de María.

Toda música, como toda expresión artística de un pueblo, es nacida bajo una constelación de ideas y sentires, modos de ver la vida que van marcando el cielo que alumbra una época, realidades, historias y vivencias compartidas por un grupo humano que en sus diferencias y similitudes recrea una cultura propia. Quizás sin darse cuenta, quizás sin darnos cuenta, todo grupo humano comienza la historia andando el esquivo camino de construir una identidad cultural que no se amolda a definiciones estrictas ni a modelos, es fruto virgen de un momento y un lugar precisos e irrepetibles. De ese colchón de sucesos que confluyen, nacen las producciones artísticas étnicas, que nos muestran en sus trazos, en sus ritmos, en sus movimientos, las vivencias de un pueblo. Desde el mágico y difícilmente metodológico camino de la música, podemos inventar un recorrido distinto por la historia, que haga paradas en los sentires del alma más que en los datos fácticos de una época. 

Por eso será que acercarse a la música con la perspectiva de descubrir el mundo que la engendró, se convierte en una pasión desconcertante y misteriosa.

El flamenco, como música y como expresión artística que asume varias ramas, es un movimiento que concibieron muchas almas, con sus historias a cuesta, que azarosamente se cruzaron en un tiempo y un lugar determinados y determinantes, que hicieron mella en su forma de expresarse. Escuchar flamenco es escuchar a su gente. En eso consiste la aventura mágica de andar por las raíces del tiempo subidos a un gran arte que corre por las venas de un pueblo.

Mi acercamiento al flamenco puedo describirlo como un fuerte hechizo que se apoderó de mis sentimientos más profundos. Supongo que algo tiene que ver con mi abuela, con mi padre, tal vez. El flamenco es la expresión más fiel que encuentra mi sentir y después viene lo otro. Lo otro ahora es buscar, leer, escuchar, ver, viajar, luego todo es historia. Pido de antemano disculpas, sólo puedo hablar del Arte Jondo en relación subjetiva. Ahora si, paréntesis explicativo leído, pasemos a la historia. Flamenco, para ustedes.

"Y de pronto sentimos la tentación de preguntarnos si es que sólo el dolor es duradero".

Esta frase escrita por el escritor flamenco en quien deposito toda mi confianza y toda mi pasión literaria, se me figura como el comienzo de la búsqueda de un origen que no es ni romántico ni agradable. Félix Grande con esta pregunta muerde la bronca de saber que el dolor es inevitable cuando queremos adentrarnos en las raíces más hondas del flamenco.

La pobreza, la marginación, el miedo, la prisión, son los más recurridos temas de los que daban cuenta las primeras letras de tonás y de seguiriyas, los géneros más duros del flamenco, los primeros que debieron escucharse hace ya siglos, en algunas cuevas y patios pobres o también cárceles de la baja Andalucía. Ya a fines del siglo XVIII los corridos y las tonás se habían convertido en la única riqueza de algunas familias gitano-andaluzas. Estas letras, esta música que impacientaba el alma, que ensordecía el dolor, que le daba cauce a la pena, eran parte de un ritual puertas adentro -que todavía era privativo y secreto, hereditario, temeroso- de algunos patios, de algunas familias.

Manolito el de María, de cuya boca salió la feroz respuesta de cantar por recordar, indica con tal simpleza, con tal orgullo, con tal dolor, lo que intuimos cuando nos acercamos a la historia del flamenco, el liderazgo que ejerce la memoria cuando se construye una obra de arte. Manolito, fue casi un mendigo y un gran cantaor (historia cientos de veces repetida entre los primeros grandes artistas del flamenco), que vivió en Alcalá de Guadaira, y que en su voz, como tantos otros, contaba la memoria colectiva de toda una estirpe, cicatrices que se heredaron a lo largo de la historia. No es chiste cuando uno siente que con el cante se nos viene al alma algo muy viejo, no es chiste.

Cabe a esta altura de nuestra conversación hacer otro paréntesis para desgranar el filigrana historiográfico que tenía vida en aquellas épocas, en la región madre del flamenco: Andalucía. Porque la pregunta obvia que surge cuando uno se pone a investigar sobre flamenco es por qué si existen gitanos en casi todo el mundo, sólo Andalucía parió al Arte Jondo? Y bueno, es una pregunta acertada aunque tiene su explicación en esa frase hecha que versa sobre "el momento y el lugar indicados" y también sobre la mezcla.

La estudiosa sefardí, Sofía Noel, escribe que "En Andalucía los gitanos encontraron influencias orientales y helénicas, semíticas y autóctonas, laicas y religiosas: cantos sinanogales, cantos de muecín, liturgias griegas, visigóticas, melodías hindúes, persas, iraquíes, bereberes, jarchyas hebreas y árabes..." y que "los gitanos traerían en sus cantos, muy alterados por las seculares migraciones -latentes-, ritmos y giros característicos de Oriente: pequeños intervalos, combinaciones de ritmos contradictorios, riqueza de figuras ornamentales... En Andalucía encontraron una música hermana". Manuel del Falla, como también otros estudiosos del folclore andaluz, Don Fernando Quiñones entre ellos, coincidió en aclarar que "la música hispanoárabe, la visigótica y la judía debieron irse imbricando en el sur de España medieval hasta llegar los gitanos con sus melodías de remota procedencia hindú...". Falla agrega que los gitanos introdujeron la nueva modalidad del cante jondo, dice que "No es la obra exclusiva de ninguno de los pueblos que colaboraron en su formación; es el fondo primigenio andaluz el que se funde y forma una nueva modalidad musical con las aportaciones que ha recibido."
 

Intencionalmente estoy escuchando en este momento un disco experimental en el que 18 músicos flamencos se sumaron a otros tantos hindúes del Karnata College of Percussion. ("Amalgama, Encuentro". 1995, Nuba Records.

"Gitanos del Edén".

Una noche, en la Peña Torres-Macarena, en Sevilla, le pregunto al cantaor Joselito de Lebrija qué representa el flamenco para él, me responde: "El flamenco no es sólo una música, es una cultura, una historia". Joselito es gitano, tiene 23 años y casi la misma cantidad de tiempo sobre este mundo que sobre los tablaos, de mano de su tío, Manuel de Paula. Acaba de bajarse del escenario, está disfónico y agotado, ha cantado más de una hora por soleá, seguiriyas, bulerías, martinetes, los palos que se le suelen pedir a un gitano. Me dice "canto en las peñas porque intento conservar una cultura, para decir que esto está aquí, que es nuestra historia".

Y entonces, ¿cuál es esa historia?

En el siglo XV, un pueblo nómade que había emigrado hacia varios años del continente asiático, finalmente llegó al sur de la Península Ibérica, luego de un largo peregrinaje. Esta región estaba poblada desde varios siglos antes por gran variedad de culturas. 

Se cree que los gitanos llegaron del norte de la India (con un cultura anterior en tres milenios a la era cristiana), de una región que actualmente pertenece a Pakistán y se habría llamado Sid, aunque sobre el origen de este pueblo muchas teorías se han elaborado. De allí los gitanos partieron a Egipto de donde luego de un tiempo también fueron expulsados. Luego algunos autores hablan de que los gitanos pasaron a Checoslovaquia , otros hablan a Armenia, o Turquía, lo cierto es que para ese entonces ya se los confundía con inmigrantes de Egipto y de allí provendría el término "egipcianos", luego "gitanos" o "gypsies". Se dice que a sí mismos se llamaban en lengua Kaló -un dialecto indio maharata- ( para otros en lengua romaní), Ruma Calk, que significaría "hombre de los llanos" o "corredor de los llanos". También se dice que se llamaban a si mismos el pueblo rhom, romaní, rroomanò thèm, romà o romi, que significaría "hombre que hace música". Al parecer en alguna parte de la Europa oriental se habría dividido el pueblo en tres grupos que se repartieron por todo territorio europeo. 

Según algunos documentos, en 1425, a través de los Pirineos, dos gitanos llegados a la actual Barcelona, habrían solicitado una cédula de paso que fue entregada por el rey Juan II de Aragón, para Juan y Tomás, quienes se hicieron llamar condes de Egipto Menor.

Muchos de los gitanos que entraban desde Francia declaraban que iban en peregrinación a Santiago de Compostela y decían poseer títulos nobiliarios que en un primer momento les habrían abierto la entrada a España (todos las bandas de gitanos venían mandadas por un jefe que se hacía llamar conde o duque).

Lo cierto es que más allá de las fechas o de las razones probables, los músicos errantes en eterno peregrinaje, se estaban acercando al destino que nos interesa, el sur de la Península Ibérica. Actualmente en Andalucía el 22 de noviembre se celebra como "El día de los Gitanos Andaluces", en conmemoración del día de 1465 en que los gitanos entraron en la provincia. 

Pero evidentemente el destino no estaba bien emparentado con el pueblo rhom ya que poco tiempo después de su llegada a España cae el reino de Granada, en 1492 (año en que zarpaba una expedición al mando de un tal Colón que descubriría una India demasiado al oeste). A partir de ese momento, los monarcas españoles, los Reyes Católicos, inician una cruenta campaña de expulsión, que se ensaña especialmente contra los musulmanes, los judíos y los gitanos. Siglos de convivencia en armonía, entre gentes de muy diversos orígenes y costumbres iniciaban su caída. Y es que en sus mejores años Andalucía fue un mosaico de rostros e historias que convivían en un mismo territorio, con sus culturas y costumbres a cuestas, imbricándose unas a otras sin perder su identidad. Luego de las leyes de expulsión, judíos, musulmanes y gitanos debieron resignar su antigua vida. Los gitanos que elegían quedarse debían aceptar las normas que imponían los nuevos monarcas: deberían olvidar sus costumbres nómades y conseguir un trabajo y una residencia fijas, debían dejar de utilizar su idioma que ya había contagiado con gran variedad de términos el castellano del sur de España (chaval, por ejemplo) y debieron soportar humillaciones e injusticias que recién en estos últimos años han empezado a ser admitidas por el gobierno.

Ya en el siglo XVI muchos murieron en las minas y la pobreza era crónica entre la minoría más importante de España. Pragmáticas de 1499 y de 1528 ordenan ya su destierro, y luego el rey Felipe III promulga ordenanzas que prometen la muerte si en seis meses no desaparecen del reino. Ya para este momento los gitanos tenían prohibido usar sus vestidos, sus oficios, sus nombres (Sindel pasa a ser Miguel; András, Andres) y su idioma. En 1594 la Corte de Castilla propuso separar a los gitanos de las gitanas "con el fin de obtener la extinción de la raza". A partir de este momento las leyes que castigan ferozmente a los gitanos, solo por ser gitanos, se suceden con una frecuencias aterradora y con penas cada vez más crueles. La historia de destierros forzosos, marginación, muerte, miseria, terror y maltratos otra vez volvía a ser moneda corriente para los rommys.

La cuevas de Granada en el Sacromonte no son sólo un paseo turístico y exótico sino que fueron, y son, reductos cavados en la piedra viva donde vivieron los gitanos durante muchos años mientras las ciudades andaluzas florecían, las primitivas villas miseria de entonces. En esas cuevas, cientos de judíos, musulmanes y gitanos paganos se refugiaron huyendo de las reconversiones forzosas de la Iglesia y el gobierno. La música y los ritos de su gente se fueron acotando a un reducido, temeroso y secreto reducto donde sólo las familias podían acceder para descargar su miedo, su ira y su pena. Quizás fue en estas miserables condiciones de vida que las culturas musicales empezaron a fusionarse hasta que al día de hoy se han convertido en un mismo sentir. Los gitanos tocaban, bailaban y cantaban en las fiestas de los ricos y en sus canciones en idiomas ininteligibles para la gran audiencia, comenzaban a denunciar las penurias de su clase, estaba naciendo el Flamenco.

Los barrios gitanos empezaban a ser la cuna donde se mecía un arte que llegaría a ser muy grande. A nivel musical, Andalucía le había ofrecido a los gitanos una región efervescente de músicas, estilos y culturas que habían florecido en sus tierras trayendo aires de todo el mundo conocido hasta entonces. También sería esta tierra, testigo de los martirios del pueblo gitano que serían calcados en las letras de sus canciones. Los gitanos le devolvieron al folclore andaluz una de las músicas más inspiradas y bellas de su historia, y Andalucía la adoptó, no sin recelo en un primer momento, hasta que luego también los no gitanos, los payos, empezaron a sentir y a crear flamenco, con pasión y talento. Hoy en día payos y gitanos interpretan, crean y recrean una música que sobrepasó las fronteras raciales y se hizo portavoz de todo un pueblo. Se dice que en Andalucía "no se sabe dónde acaba lo gitano y dónde empieza lo andaluz". Y vale que es cierto.

La versión que acuñó el flamencólogo Blas Infante en su libro "Orígenes del Flamenco y secreto del Cante Jondo"(me es afortunado aclarar que el término "flamencología" adoptado para el estudio científico del flamenco, fue acuñado por un investigador y apasionado argentino), formula nuevas hipótesis sobre la historia. Según Infante, cuando los moriscos fueron expulsados de sus hogares, luego de la reconquista católica de varios de sus reinados, llegaron a Andalucía con la esperanza de legalizar su situación, para evitar la muerte, y así se encuentran con un pueblo gitano hospitalario, "hermanos de todos los perseguidos", quienes los reciben en el ahora su territorio, dando así cuenta de una unión en la marginalidad. Por otra parte hay algunos autores que casi descartan la existencia de influencia hebrea en la música gitano-andaluza, como es el caso de García Matos, en su Anuario Musical del Instituto Español de Musicología. Todo esto para dejar en claro que respecto al flamenco hay muy pocos que se ponen de acuerdo.

Pero hay cosas a las que la verdad se les escapa por los poros. La creación del flamenco siempre estuvo vinculado a la marginación social, a la pobreza, a su inicial proximidad a las cárceles, a las cuevas y sus delgadas luces de candil de aceite. Temerosas rabias, hambre compartida, miedos incorporados a la médula espinal de una "casta de parias orgullosos". Eso es verdadero.

Alcalá, Utrera y Huelva. Cádiz y sus barrios de la Viña y el Pópulo. Jerez de la Frontera y las calles de su Santiago. Sevilla, con Triana y la Macarena. En los lugares donde se asentaron los gitanos, floreció el arte jondo. Ellos fueron sus únicos intérpretes y creadores durante casi dos siglos. Eso es verdadero.

Hace poco, leyendo sobre los músicos gitanos de Rumania, me enteré de que en los pueblos gitanos de Europa del este, la única riqueza de la gente, la única herencia de un pueblo sumido en la miseria, son los instrumentos musicales de la familia, y que en cada puerta se escucha la música en sana competencia con sus vecinos, ya que el mejor músico del pueblo es la persona más respetada del lugar. Su único deseo es ser los mejores músicos. Así se vive la música entre los gitanos. No es de extrañar que una tierra culturalmente fertilizada con abonos de todas las culturas, como fue Andalucía, en auge luego de ocho siglos de mezcla cultural arábiga, judía y cristiana, fuese sembrada y cosechada por los romis. 

Desde hace dos siglos el flamenco es público, es arte de payos y gitanos, es una forma musical que ha trascendido, se ha reinventado, ha evolucionado, se ha visto influenciado por otras músicas y también las ha influenciado. Pero no todo han sido rosas.

Alumbramiento del "arte del consuelo y el desconsuelo".

En octubre de 1993 se creó el Centro Andaluz del Flamenco, en el barrio de Santiago de Jeréz de la Frontera. Estando en Sevilla, decidí empezar a dedicar algunas horas de mi día a estudiar el material que con esmero y amor guardan las puertas del Palacio Pemartín donde funciona este acorazado del flamenco. En tren, desde Sevilla a Jerez son sólo 40 minutos y desde la estación hasta Santiago, a pie, serán apenas otros diez (en Buenos Aires, desde mi casa a la Biblioteca Nacional, tardo bastante más). Estuve allí varias mañanas, viendo, escuchando, leyendo, asombrándome, acrecentando mi pasión. 

"En ningún lugar de Europa contribuyeron los gitanos a la creación de una música tan llena de complejidades, diversidad, hermosura y fuerza comunicativa como lo son las músicas y danzas flamencas. El espíritu humano tiene siempre una deuda contraída con el sufrimiento. La música flamenca por la que España, y más concretamente Andalucía, es celebrada en todo el mundo, es la riqueza que resulta de la unión de la antiquísima tradición musical española con la pena de los gitanos". (Felix Grande)

En primer término entendí que el flamenco no es una música tradicional ni que pertenece al enorme tesoro del folclore musical español o andaluz, sino es la reinterpretación artística de la tradición musical andaluza por el sentir y la forma de ser gitanos. Es una música popular si, y también universal, que ya no reconoce fronteras estilísticas, regionales ni de ningún tipo. La complejidad interpretativa, la dolorosa expresividad que le dieron los gitanos a los romances populares, moriscos, fronterizos y castellanos que se cantaban en la época de gestación del flamenco, le dió vida a un estilo que absorbió a las culturas de la época reinterpretándolas, aprehendiéndolas en un propio y particular sentir, iluminándolas, dándoles un nuevo baño de frescura. Esta cualidad por cierto se sigue manteniendo en el flamenco y por ello se han acuñado términos como "aflamencar" para hablar de esas creaciones no flamencas que se pueden tocar, cantar o bailar con el aire gitano-andaluz, con su óptica y su sentir.

Es muy probable que los primeros palos del flamenco hayan nacido con tan sólo una voz y unas palmas, quizás también algún zapateo. Todo bajo el impulso de un sentir profundo y desgarrador, que no necesitaba más que un cuerpo dispuesto para dejarse fluir. Mi autor favorito, este gran hombre Félix Grande (a quien me remitiré en más de una oportunidad), definió al flamenco como el arte del consuelo y el desconsuelo, quizás la definición más sentida y acertada que he escuchado hasta hoy. Más tarde se incorporó la guitarra, en el siglo XIX, otorgándole al flamenco una extraordinaria articulación rítmica, generadora de majestuosidad, júbilo y angustia. Hoy este instrumento es imprescindible para el flamenco, así como una voz cascada y un repiqueteo incesante como lluvia, de palmas a tiempo y contratiempo. El baile debe haber surgido paralelamente, en el mismo instante en que alguien sentía un cante, otro lo hacía baile. 

Una de las características musicales más remarcables del flamenco es la métrica de sus compases, sus ritmos casi indescifrables para los no flamencos. Los compases pueden llegar a tener doce cuartas con acentuaciones predeterminadas que forman una frase rítmica que los intérpretes conocen de antemano, y sobre la que se pueden ejecutar variaciones casi infinitas (por si caben dudas, oír Ramón Montoya, Sabicas, Paco de Lucía, Víctor Monje "Serranito", Manolo Sanlúcar, Tomatito, Rafael Riqueni, por recordar sólo algunos en la injusticia). En el flamenco se da un romance sin par entre la melodía y el ritmo. Ninguno de los dos es más en este arte pero si se quiere, con frecuencia la rítmica gana durante la tensión que generan las dos partes intrínsecas de una composición musical, y los compases que se modifican al aire de la inspiración de la guitarra también se transforman bajo el hechizo del cante, y cuando un músico llega al éxtasis de hacer suya una canción se dice que esta "pasao de compás", como nombrando delicadamente al artilugio más poderoso de un flamenco. 

El Flamenco absorbió mucho de la música oriental en sus años de crecimiento. La complejidad y la variedad rítmica son la causa de los finales flamencos con un carácter resolutorio que no deja dudas de lo escuchado. Se pueden reconocer ciertos rasgos de la música y de la expresión danzaria arábigo-oriental, que persistieron en el folklore andaluz junto a otros de origen judío, de los cuales el flamenco de los gitanos se habría nutrido. En esto el baile da muestras acabadas, con un swing (chispa entre nosotros), que muy pocos bailes de occidente logran crear.

Hace poco leí en un libro llamado "Jazz, Flamenco, Tango: Las orillas de un ancho río" (por cierto excelente estudio de similitudes entre estas tres músicas), de José Luis Salinas Rodríguez, que la cultura musical de un pueblo se concreta como un lenguaje, "como un sistema de signos de significado colectivamente codificado", agrega además que "los cuerpos sociales no son entes aislados, sino que se interrelacionan, y a veces comparten tramos de un misma historia". Quizás el Flamenco sea el documento vivo de aquella conversación en un tiempo y un espacio definidos, que mantuvieron las culturas cristiana, árabe-mora, judía y gitana, en la Baja Andalucía. 

Otra característica del flamenco es la gran inventiva de nuevos "palos" o estilos que se han sucedido continuamente, dando muestras de enorme crecimiento que se produce inevitablemente en cada ejecución flamenca. Diferenciados entre sí por sus particulares estructuras, melodías y temáticas específicas, algunos de estos palos que en próximas entregas detallaremos más adecuadamente, son los Tangos y Fandangos, las Soleares (de soledad), las Tonás, Seguirillas, Malagueñas (de Málaga), Bulerías, Alegrías, Farrucas, Cantiñas. Los Romances, Gilianas y Alboreás son algunos de los más antiguos. También están el Martinete, la Saeta y las Carcelarias (que hablan sobre las penas de los gitanos en prisión), y dentro de las más primitivas formas del cante gitano-andaluz está el "cantar a palo seco", sin acompañamiento de guitarra, a cappella. Cada unos de estos palos puede fusionarse con otros dando lugar entre otras a las "bulerías por soleá" o a la "canción por tientos". También están los palos que se diferencian por el pueblo que los acuña, dándose los "jaleos extremeños" (de Extremadura), las "Bulerías de Cádiz", las "Bulerías de Jerez" (Jerez de la Frontera), y muchísimos más. 

Hay por supuesto tantísimos otros palos que nombrar, como el Garrotín, la Giliana (en pleno trance de desaparición), las Granaínas, la Levantica, la Caña, la Liviana, la Serrana, etc.

En interesante comentar una de las travesuras más apasionantes del gran guitarrista flamenco Sabicas, cuya historia es digna de leyenda y ya comentaremos en alguna entrega. Este gran músico, viajero y apasionado del flamenco pero también de todas las músicas del mundo, creó algo así como un palo (que lamentablemente solo el se atrevió por aquellos años '30 a explorar) llamado Gallegada, inspirándose en el folklore de Galicia, en ciertos estereotipos melódicos que representan a la música gallega en el mundo. Con este, Sabicas, el Rey de la guitarra flamenca, sin quien hoy el Gran Paco probablemente no hubiese llegado a tantas innovaciones, quiso mostrar en esta avanzada (que gracias a Dios, 60 años después el gaitero Núñez retomó) cómo el flamenco, y sobre todo la guitarra, sabe adaptar y adoptar la música no andaluza para recrearla en clave flamenca (si no se tiene acceso al original de Sabicas "Piropo a Galicia" puede escucharse una versión de la mano de Núñez en el disco "Os Amores Libres").

Por último, para terminar este breve recorrido por el interminable mundo de los palos del flamenco, no podemos olvidar los cantes de "ida y vuelta" que son aquellos ritmos que llegaron desde la recién descubierta América y que entraron por los puertos de Cádiz, entre los cuales llegarían las Rumbas, entre otros palos.

Entre mariposas negras
va una muchacha morena,
junto a una blanca serpiente
de niebla.

Tierra de luz
cielo de tierra.

Va encadenada
de un ritmo que nunca llega;
tiene el corazón de plata
y un puñal en la diestra.

Adónde vas, seguiriya,
con un ritmo sin cabeza?
Qué luna recogerá
tu dolor de cal y adelfa?

Tierra de luz,
cielo de tierra.

(El paso de la Seguiriya, Federico G. Lorca)

Un pulso vital a contratiempo.

Arte: virtud, poder, eficacia y habilidad para hacer bien una cosa.// Obra humana que expresa simbólicamente, mediante diferentes materias, un aspecto de la realidad entendida estéticamente.// Conjunto de obras artísticas de un país o una época.// Cautela, astucia.// Bellas Artes, pintura, escultura, arquitectura, música y literatura.//

Jondo: Hondo.// Que tiene profundidad.// 

Finalmente podríamos hablar de la palabra "flamenco" que se ha instituido como el nombre de este arte musical. Como todo lo que se refiere al flamenco, el misterio envuelve sus orígenes y varias ideas se postulan para explicarlo. Aquí un breve detalle de ellas. 

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española el término flamenco "designa el conjunto de cantes y bailes formado por la fusión de ciertos elementos del orientalismo musical andaluz dentro de unos peculiares moldes expresivos gitanos."

Hasta allí casi todos de acuerdo. Pero el uso de la palabra ¿de dónde proviene y qué define?. 

Según una versión provendría de la terminología árabe "felag-mengu" (labrador huido).

Otra versión afirma que habría sido la esbelta silueta que dibujan los bailaores, por alguna forma comparable a la zancuda flamenca. Otras razones que se han alegado versan sobre un posible origen en el cante "ardiente, vívido y flameante". Finalmente existe otra versión que habla de que habría habido una confusión respecto a los creadores de este género cuando se los confundió con los inmigrantes de Flandes, dándoseles por nombre el de flamencos.

Finalmente podemos si tener en claro que la palabra flamenco empezó a ser utilizada como sinónimo de gitano-andaluz a partir del siglo XVIII. Y en lo que a mi respecta, por ahora, eso me basta. En principio me basta porque el flamenco, más allá de todo, designa una sola cosa, un arte profundo, puro como los sentimientos del alma; oscuro como el sufrimiento; fugaz, como la alegría; chispeante como el fuego; arrullador como el agua. El flamenco es dual, es pasión y resguardo; risas y llanto; alegría y tristeza; necesidad y aventura. El flamenco a mi no se me confunde, me inflama el alma con pasión y también mesura, me arrebata y me contiene. Flamenco para mí es una palma, un decir, un sentimiento, un rasguido de guitarra, unos pies que zapatean, unas manos que flamean como aves en vuelo, una de las más hermosas y desgarradoras músicas que alguna vez se animó a concebir este mundo.

Agenda Flamenca. Félix Grande. Editoriales Andaluzas Unidas. 
Antología Poética. Federico García Lorca. Editorial Losada. 1957
Jazz, Flamenco, Tango: las orillas de un ancho río. José Luis Salinas. Editorial Catriel. 1999.

 

 

 

 

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