Literatura
La novela de la generación del 98
Ramón Moreno Rodríguez
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CONTINUIDAD Y RUPTURA

Cuando los escritores de la llamada Generación del '98 eran muy jóvenes decidieron, como toda generación nueva, romper las ataduras con la generación anterior; en particular dirigieron sus mordaces e irreverentes críticas al maestro del realismo español, Benito Pérez Galdós, que fue tan determinante en la formación intelectual de la mayoría de ellos. Aparte de los malos modos que se dieron o de los apodos que les endilgaron a sus antecesores (Valle-Inclán llamaba a Galdós "don Benito el Garbance­ro"), creemos que este es un buen momento para que, con el centena­rio que ahora les celebramos, podamos hacer algún balance respecto de los cambios que estos intelectuales introduje­ron a la novela española de principios de siglo.

     Como los autores del '98 fueron tan "ruidosos" y siempre estuvieron dispuestos a escandalizar a los lectores y la crítica, la primera impresión que dejaron es que su movimiento literario (que algunos negaron como Baroja y Machado) fue una ruptura total con la estética al uso y que las transiciones que propusieron, e impusieron a la novela española, eran diametral­mente diferen­tes a los usos de sus maestros. Hoy, con la calma que impone el tiempo, todo demuestra que entre las novedades que introdujeron a la novela, que es el caso que nos importa, sin dejar de ser fundamen­tales, fueron cambios tributarios y deudores de la estética realista en muchos aspectos.

     Si observamos con atención las novelas del '98 podemos decir, en términos generales, que las modificaciones introducidas fueron más determinantes en la forma que en el fondo. También es evidente que dichas innovaciones son consecuentes con las modas que imperan en el resto de Europa. Es decir, que el movimiento literario encabezado por los noventaiochistas corresponde al momento del surgimiento de las primeras vanguardias que, como sabemos, fueron éstas las grandes revolucionarias de las formas artísticas. Así pues, sin tener que decir que los autores del noventaiocho pertenecen a las vanguardias[1], sí es evidente que el tan proclamado atraso español respecto de las modas literarias, cada vez era menos cierto.

     En efecto, entre las muchas coincidencias del '98 con las vanguardias está su preocupación por renovar las formas literarias y que, en el caso de la novela, los principales méritos de ésta habría que ubicarlos precisamente en la forma. Es en la forma donde la novela del noventaiocho tiene sus mejores logros y que, en contraste, es en el fondo donde menos modificaron su estética.

     Hagamos un breve repaso de las principales cambios que sufrió la novela española a manos de los novelistas del '98. Por ejemplo, modificaron por completo el esquema de la acción. La división en presentación, desarrollo, clímax y desenlace era un verdadero corsé, camisa de fuerza que rompieron definitiva­mente. De hecho, las novelas de Baroja y Azorín (La busca, César o nada del primero y, Antonio Azorín, Las confesiones de un pequeño filósofo, del segundo, por ejemplo) suelen tener un cambio tan profundo que en ellas es difícil hablar de presentación, clímax o desenlace; en cuanto al desarrollo, éste carece de una acción dinámica, la intriga se caracteriza por una total ausencia de actos.

     En cuanto a la descripción, se deja por completo (Unamuno) o se transforma(Valle-Inclán, Baroja); ya no será el vehículo de la ambientación, del contexto social de los protagonistas y se convertirá en utensilio para expresar el confuso mundo del protago­nista. Para Galdós la novela debería partir de una idea del conjunto, es decir, totalizadora:

imagen de la vida es la novela y el arte de componer estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea y el lenguaje que es la marca de la raza y las viviendas que son el signo de la familia, y la vestidura que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de la balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción.

Ensayos de Literatura - Antonio de Nebrija Vida y Obra - Domingo F Sarmiento Vida y Obra

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Todo esto les parecía a los noventaiochistas algo propio de un estudio sociológico, no literario. Así que se olvidan que expresar el mundo externo y, por oposición se preocupan por expresar el complejo mundo interior de sus protagonistas. Esta aportación será la más rica e importante que haga la novela del noventaiocho a la literatura española. En particular, su conoci­miento de la filosofía existen­cia­lista marcó en muchos aspectos las obras de Unamuno, Baroja o Azorín.

     Otro aspecto muy novedoso fue la ruptura de la relación autor-protagonista. Hasta antes del '98 existía una complicidad del autor con su personaje; era una relación de alter ego, en la que el escritor confundía y se confundía con su protagonista. Era una especie de guiño de complicidad, cuando no de compasión. Los jóvenes intelectuales españoles, en particular Unamuno y Valle-Inclán, rompen con esta relación esquemática y se ubican en una posición, incluso, contraria a su personaje. Es la primera vez en la literatura española que la relación protagonista-autor se distan­cia. El cambio es tan profundo que la relación entre uno y otro es realmente conflictiva. Valle-Inclán, por ejemplo, desprecia a sus personajes. Unamuno, por su lado, polemiza con los mismos.

     A este último, el conflicto autor-personaje le sirve como vía de expresión de sus ideas existencialistas. Entre otras cosas, trata el tema de la voluntad humana como un hecho que escapa al mismo actor, tal es el caso de su personaje principal en Niebla. Esta novela es un verdadero hito en la literatura europea ya que se adelanta a Pirandello en cuanto a la propuesta de ruptura entre protagonista-narrador: Seis personajes en busca de autor se estrenó en 1921, mientras que Niebla data de 1914.

     Este conflicto también incide con otra gran transición de la novela del '98: la no división entre ficción y realidad; lo que Unamuno llamaría novela y vida. En su nivola Cómo se hace una novela, afirma: "Volvamos una vez más a la novela de Jugo de la Raza, a la novela de su lectura de la novela, a la novela del lector [del lector actor, del lector para quien leer es vivir lo que lee]"[2] No es esta afirmación un ju(e)go de palabras; es una clara negativa a la actitud racionalista del realismo de diferen­ciar realidad de ficción. Cuando Galdós afirma lo ya citado, es evidente que para él hay una clara línea divisoria entre lo que existe en el "mundo exterior": gentes, viviendas, vestidos, hablas, etc, y lo que hay en el "mundo interior" de la novela: una reproducción de lo exterior. Para Unamuno interior y exterior es uno y lo mismo. Vivir es no ser: es ser personaje de novela y, ser personaje de novela, es vivir la realidad: "Y yo estoy aquí, en el destierro, a la puerta de España y como su ujier, no para lucir y lucirme, sino para alumbrar y alumbrarme, para hacer nuestra novela, historia, la de nuestra España. Y al decir que estoy para alumbrar­me, con este  "-me", no quiero referirme, lector mío, a mi yo solamente, sino a tu yo, a nuestros yos. Que es no es lo mismo nosotros que yos".

     Estos aspectos y otros muchos (como la carencia de trama, la introspección de los personajes, la desestructuración de los acontecimientos narrados) hacen de la novela del '98 una obra muy moderna, que deja a España en el camino de la modernidad literaria

y que los autores posteriores a ellos habrán de confirmar y ensan­char, como Gabriel Miró, Gómez de la Serna o Camilo José Cela.

     No obstante, la novela del noventaiocho no pudo romper del todo con su origen y sus maestros. Pío Baroja en el famoso prólogo de su novela La nave de los locos confirma la dificultad de alejarse de la estética realista cuando dice: "no sería fácil que los escritores que hemos comenzado la vida cuando triunfaban los apóstoles de la literatura social: Tolstoi, Zola, Ibsen, Dostoievs­ki, pudiéramos hacer obras claras, limpias, serenas, de arte puro".

     En efecto, como ya afirmé, esta nueva generación de novelistas españoles mantuvieron siempre lazos indelebles con sus maestros los realistas y, precisamente, es en el aspecto del "fondo" novelístico donde más se evidencia ese contacto.

     Por ejemplo, el realismo se caracterizó, por su origen ideológico, en crear novelas de tesis. Otro tanto podemos decir del '98, que sin poder alejarse de una formación ideológica de izquierda (fueron anarquistas o socialistas), tuvieron que realizar novelas de tesis similares a las realistas. En particular la crisis política y económica española (representada principalmente en la derrota contra Estado Unidos en 1898) determinó el pensamiento y la posición ideología de nuestros autores. Por ello no nos extraña que Unamuno, por ejemplo, en Cómo se hace una novela afirme:

No puedo tolerar, y aunque se me toome a locura, el que los verdugos se erijan en jueces y que el fin de autori­dad, que es la justicia, se ahogue con lo que llaman el principio de autoridad, y es el principio del poder, o sea lo que llaman el orden. Ni puedo tolerar que una cuitada y menguada burguesía por miedo pánico --irrefle­xi­vo-- al incendio comunista --pesadilla de locos de miedo-- entregue su casa y su hacienda a los bomberos que se las destrozan más aún que el incendio mismo. Cuando no ocurre lo que ahora en España y es que son los bomberos los que provocan los incendios para vivir de extinguir­los.

 

     Es decir, la generación del '98 nunca pudo estar desvinculada de la realidad española, y a pesar de que su movimiento estético tendía a la evasión (como un gesto de origen romántico), en el campo de la política siempre estuvieron determinados por su ideología. Por ejemplo, cuando Valle-Inclán define su teoría del esperpento literario, no puede evitar la referencia a la realidad política de España. El esperpento como sabemos, es ante todo un postulado estético, a pesar de ello afirma en Luces de Bohemia:

Max.--El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.

Don Latino.--¡Miau! [aludiendo a Pérez Galdós y su novela del mismo nombre] ¡Te estás contagiando!

Max.--España es una deformación grootesca de la civiliza­ción europea[...] deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma y las caras y toda la vida miserable de España.

 

     Otro elemento que se da en la novela realista y que se prolonga en la del 98 es el lenguaje literario. Básicamente continúan con la frase directa, el lenguaje desvestido de todo artificio, la llaneza en la expresión y la ausencia de metáforas. No deja de ser muy contrastante la actitud ante el lenguaje entre la novela y la poesía del '98 ya que, como sabemos, la gran aportación de la poesía de Machado o de Juan Ramón Jiménez radicó precisamente en la transformación del lenguaje, en la que el modernismo y Rubén Darío tuvieron qué ver no poco.

     En cuanto a la construcción del personaje, sigue predominando la visión psicolo­gista del mismo. Como en el realismo, el noven­taiocho se preocupa por reflejar la profundidad psicológica del personaje. Quizá ya no preocupe la psicología del personaje en función de su situación social, y sí en función de su conflicto espiritual, pero el recurso es el mismo. Ya el mismo Baroja reconocía esta circunstancia fundamental para sus novelas. En el prólogo a La nava de los locos afirma que "Toda la gran literatura moderna está hecha a base de perturbaciones mentales". Y aunque Baroja no le reconoce a la novela de Galdós el hecho de haber construido personajes psicológicamente complejos (lo cual es una injusticia de su parte) sí reconoce que el autor canario abrió camino en este aspecto ya que, continúa: "Esto ya lo veía Galdós, pero no basta verlo para ir por ahí y acertar; es necesario tener una fuerza espiritual, que él no tenía, y probablemente se necesita también ser un perturbado, y él era un hombre normal, casi demasiado normal".

     Así pues, podemos concluir estas breves consideración sobre la novela del noventaiocho con la idea de que este quehacer novelís­tico de principios de siglo en España estuvo conformado por fuerzas y elementos muy diferentes entre sí, contradictorios y producto de un sincretismo literario en el que la, a veces, tardía asimilación de las modas literarias tuvieron mucho qué ver. También es evidente  que en otros aspectos estos intelectuales se adelantaron a los mismos renovado­res de la literatura europea. En fin, que ruptura y continuidad, tradición y modernidad, seguirán siendo el signo distintivo de la novela española desde el siglo XVIII y hasta bien entrado el siglo XX.

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                    B I B L I O G R A F Í A

 

Baroja, Pío, prólogo a La nave de los locos, Rei, México, 1990, 345 pp. (Col. Letras Hispánicas, 269)

Baroja, Pío, La busca, Salvat, Estella, 1971, 188 pp. (Col. Biblioteca Básica Salvat, 11)

Baroja, Pío, César o nada en Las ciudades, Alianza, Madrid, 1978, pp 21-310. (Col. Libro de Bolsillo, 100)

Martínez Ruiz, José, "Azorín", Antonio Azorín, Bruguera, Barcelona, 1967, 223 pp. (Col. Libro Clásico, 10)

Martínez Ruiz, José, "Azorín", Las confesiones de un pequeño filósofo, Espasa-Calpe, Madrid, 1972, 235 pp. (Col. Austral, 491)

Martínez Ruiz, José, "Azorín", Clásicos y modernos, Losada, Buenos Aires, 1959, 208 pp.

Pérez Galdós, Benito, "Memoranda" en Obras completas, Aguilar, Madrid, 1964, tomo 3, pp. 1231-1393

Pirandello, Luigi, Seis personajes en busca de autor, Losada, Buenos Aires, 1965, 248 pp.

Unamuno, Miguel de, Cómo se hace una novela, Alianza, Madrid, 1976, 211 pp. (Col. Libro de Bolsillo, 27)

Unamuno, Miguel de, Niebla, Espasa-Calpe, México, 1981, 166 pp. (Col. Austral, 99)

Valle-Inclán, Ramón del, Luces de Bohemia, Espasa-Calpe, Madrid, 1980, 144 pp. (Col. Austral, 1307)
 

(1]A pesar de que algunos elementos de las novelas noventaio­chistas corresponden totalmente al espíritu de las vanguardias, tal es el caso de los "esperpentos" valleinclanescos, o las "nivolas" de Unamuno.

    [2]El corchete es de Unamuno. Con él señala las dos etapas en que fue escrito el ensayo: lo primero es de 1926 y lo segundo de 1927


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