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Pensar críticamente el pensamiento crítico. Parte 1

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- Eugenio del Río* - Sin Dominio

Lo que sigue no se refiere a los problemas comunes del pensamiento en general, y por consiguiente también del pensamiento crítico, problemas como el de la relación entre observación y razón, el lugar de los juicios de valor, la función de las hipótesis en la investigación y tantos otros. Dejaré a un lado cuestiones como éstas, y me ceñiré a aquellos problemas peculiares del pensamiento crítico.

 

Pero cuando digo problemas peculiares del pensamiento crítico no estoy aludiendo a las cuestiones de las que suele ocuparse, cuestiones como los movimientos sociales, las relaciones internacionales, la crítica del capitalismo, el Estado del bienestar y tantas otras. Me refiero a algo distinto: a los problemas que afectan a la forma de ser del pensamiento crítico.

Mi intención es la de resaltar sus aspectos más problemáticos, de donde resultará una invitación a tratarlo crítica o autocríticamente. La idea de crítica no tiene una historia muy extensa, y la de pensamiento crítico todavía menos.

Actualmente, cuando hablamos de crítica enlazamos con el ámbito filosófico inaugurado por Pierre Bayle o bien mencionamos una actividad especializada: crítica literaria, cinematográfica, musical u otra. Si no tomamos en consideración su uso griego, vinculado con la justicia, el empleo actual tiene sus raíces en el mundo moderno, en el siglo XVII, y concierne a una actividad intelectual racional destinada a juzgar y a cribar los productos del pensamiento. Pierre Bayle definió la crítica en su Diccionario histórico y crítico, de 1697, inspirándose en el uso judicial griego de sopesar los pros y las contras, de tal forma que el crítico hace sucesivamente de fiscal y de defensor. Kant desarrolla la función de la crítica en un triple sentido: en relación con el objeto, sometiendo a examen la capacidad de la razón; asimismo, radicaliza la vertiente jurídica: al juez, fiscal y abogado suma el acusado, para que el juicio sea completo; finalmente, la crítica se libera de las fronteras anteriores, se expande universalmente; no acepta los límites propuestos por Bayle, quien preservaba de la crítica la religión y la política.

(Ver: El proceso de singularización hegeliano como posibilidad analítica estético-literaria)

Cuando decimos pensamiento crítico las cosas se complican. No sé si es la mejor manera de empezar reconocer que aquello de lo que debo tratar no está muy claro en qué consiste.

Estoy aludiendo a algo parecido a una esfera intelectual, bastante amplia y no bien deslindada, en la que coexisten distintas escuelas.

Se distingue en un plano tan subjetivo como es el de las intenciones o propósitos: el pensamiento crítico al que aquí me referiré se sitúa en la izquierda, se opone a las formas económicas predominantes y a las tradiciones de la derecha. Lo contrario, según esto, del pensamiento crítico es el pensamiento conservador y conformista, aunque, como luego veremos, también en el interior del pensamiento crítico se desarrollan manifestaciones de conservadurismo y de conformismo.

Dicho esto, no hace falta añadir que el pensamiento crítico admite una amplia gama de calidades y de intensidades, hasta el punto de que entre sus distintas manifestaciones puede haber muy poco en común.

El pensamiento crítico así entendido no puede abarcarlo todo. Hay muchos campos y disciplinas en donde encuentra un acomodo difícil. En tanto que tal, ni entra ni sale en ellas. No se ve cómo se podría detectar una presencia significativa del pensamiento crítico social en campos como el de la astronomía, la geología o la química. Aunque también cabría decir que en cada una de estas esferas se observan inclinaciones críticas frente a las tendencias más acomodaticias, lo que no implica forzosamente un compromiso social pero sí algún tipo de compromiso intelectual.

Otra faceta destacable es que no se trata de un hecho privado sino público. El pensamiento crítico se proyecta hacia la sociedad, en forma de conferencias, artículos o libros. No es que no pueda concebirse un pensamiento crítico estrictamente privado. De hecho, nace como tal. Pero, por su propia naturaleza, por el empeño que lo anima, que no es otro que el de oponerse a una situación, a una autoridad o a una idea, tiende a trascender la esfera privada y a manifestarse públicamente, con el fin de extender su influencia en las mentes y en las actitudes, en las maneras de pensar y de actuar. Bajo este último ángulo, no es sólo un fenómeno público, sino que, además, tiene una vocación práctica. Espolea y orienta la acción, o, al menos, lo persigue, aunque no siempre esté en su mano el conseguirlo.

En resumen, entiendo por pensamiento crítico un fenómeno que es, a un tiempo, una actividad y un campo intelectual. Despliega su acción en una dirección determinada bajo el impulso de un compromiso social. De esto, así delimitado, voy a ocuparme a continuación.

(Ver: ¿Para qué sirve la filosofía?)

Advertencia previa

He de advertir que estas páginas no se refieren a todas las ideas sostenidas públicamente por quienes participan de lo que aquí estoy denominando pensamiento crítico. Precisaré lo que quiero decir para evitar malentendidos.

Tomaré el supuesto de alguien que interviene en movilizaciones sociales y políticas, que impulsa una organización social, que pronuncia conferencias y escribe artículos y libros. Las exigencias que esa persona se impone en las distintas circunstancias, como es obvio, son diferentes. No podrá pedírsele lo mismo cuando realiza una pintada que cuando escribe un libro. Los mensajes cortos (una pancarta, un cartel o una hoja repartida en una manifestación) no pueden aspirar a explicar asuntos complejos. Se limitan a dirigir un llamamiento a la acción o a condenar un hecho, y con eso han cumplido.

Algo parecido ocurre con la difusión de aquello que Georges Sorel llamó mito, otorgando a esta palabra un significado poco usual: una unidad expresiva que da cauce a una aspiración y cuya difusión puede propiciar la movilización. El mito por excelencia para Sorel era la idea de huelga general, llave para él del cambio social que propugnaba.

Pero cuando nuestro personaje imaginario pronuncia una conferencia o escribe un artículo extenso puede y, adelantando lo que defenderé a continuación, debe ir más lejos. Cabe esperar que se esfuerce por profundizar en el entendimiento de unos hechos.

De manera que lo que sigue no concierne a las formas elementales y sumarias de las ideas críticas, sino al pensamiento crítico cuando dispone de los medios adecuados para transmitir sus percepciones, sus enfoques, sus razonamientos.

(Ver: Materialismo dialéctico y lógica dialéctica)


Un punto de partida

He tenido la suerte de participar en una experiencia colectiva que supera ya los treinta años de antigüedad. Es la del Movimiento Comunista (MC), prolongada después en la red de organizaciones que sucedieron a aquél y que encarnan hoy una singular corriente de ideas y de acción.

La historia de esta corriente es inseparable del pensamiento crítico. Es una historia de activistas que se asociaron para actuar prácticamente con el fin de combatir ciertas cosas, y que a la vez trataron de unir a su vertiente activista una dimensión intelectual, es decir, un pensamiento crítico. Este pensamiento, en los primeros años de existencia colectiva, estuvo dominado por la dependencia hacia corrientes ideológicas anteriores o contemporáneas (marxismo, leninismo, maoísmo). Superados esos inicios, ya en la década de los ochenta y, más aún, en la de los noventa, se fue desarrollando un esfuerzo por afirmar un pensamiento crítico autónomo y más genuino.

A lo largo de esa historia, con mayor o menor éxito, se procuró que acción y pensamiento no se llevaran mal: ni organización puramente intelectual, ni grupo estrictamente activista. Esta opción parece seguir aquella recomendación que dio Pericles a los atenienses: frente a quienes actúan sin suficiente reflexión y a quienes reflexionan mucho pero no hacen nada, el propósito es que la acción no se haga a costa de la reflexión, sino inspirada y orientada por ella, y que ésta no inhiba la acción. En qué medida lo vamos consiguiendo es una cuestión abierta, que se presta a discusiones tan agotadoras y sustanciosas como altamente especializadas. Si interesa reflexionar sobre el pensamiento crítico es porque éste puede tener diversas manifestaciones y variados niveles de calidad. El pensamiento crítico no es un producto ya elaborado y en bloque, que se toma o se deja. Hay muchas formas de pensamiento crítico. En ocasiones es insufriblemente ramplón, mientras que a veces logra sortear los obstáculos con gracia y se convierte en un fenómeno valioso.

A mi modo de ver, el pensamiento crítico tal como lo estoy definiendo es inevitablemente problemático: no es capaz de desprenderse de ciertos problemas que van pegados a su naturaleza.

Tales problemas los generan dos focos principales en los que me detendré seguidamente. Uno es el conflicto entre algunas de las funciones que caracterizan al pensamiento crítico, y el otro, la desigual distribución de la autoridad intelectual, y, por lo tanto, de la influencia en los ámbitos sociales en los que se ejercita.

(Ver: Textos de nietzsche)

Tres funciones

Buena parte de los problemas que acechan al pensamiento crítico provienen de la pluralidad de funciones que lleva consigo. Destaco tres que en su conjunción generan problemas inevitablemente.

La primera función es asegurar una visión realista del mundo sobre el que se desea actuar y de nosotros mismos; profundizar en el entendimiento de la realidad para poder orientar racionalmente la actividad social. En este aspecto, el pensamiento crítico cumple su cometido cuando resulta esclarecedor, cuando nutre nuestra lucidez.
Pero el pensamiento crítico va más allá. Es un pensamiento de combate. Se espera de él que desempeñe un papel propagandístico, que ayude a luchar contra el adversario y a reforzar el propio campo social, que sea eficaz con vistas a la movilización.
En tercer lugar, el pensamiento crítico vive en colectividades sociales determinadas, que necesitan de él para configurar una visión del mundo y sentirse seguras y cohesionadas.
Son demandas variadas que el pensamiento crítico intenta atender simultáneamente en esos tres planos: el del conocimiento, el de la propaganda y el de la formación de identidades.

Entiendo que entre el primer propósito y los dos restantes hay una relación conflictiva. Un buen conocimiento de la realidad, una visión lúcida de las cosas, no contribuye necesariamente a debilitar al contrario ni a conseguir que más gente se movilice contra él; ni siquiera a que nos sintamos más seguros en el universo colectivo del que formamos parte. Y, a la inversa, una acción ideológica susceptible de empeorar la posición del adversario no nos hace forzosamente más lúcidos.

De esas tres dimensiones depende que el pensamiento crítico cumpla su cometido, pero en ellas está también el origen de varios de los peligros que le amenazan.

En la medida en que están vivas esas funciones, los problemas resultantes son insuperables en términos absolutos. Sólo se podrían eliminar a fuerza de suprimir el primer término o de eliminar el segundo y el tercero. Pero si mantenemos la idea de un pensamiento público arraigado en un campo social, comprometido con una causa social, el problema no se puede resolver sino parcialmente.

De esta dinámica conflictiva resultan diversos peligros. Destacaré los siguientes.

Uno es la tendencia a distorsionar la realidad con el fin de mostrar al contrario más feo, más malo o más débil de lo que es. Otro concierne a la inclinación a embellecer la propia imagen.

En esos dos puntos se advierte la tendencia a confundir teoría y propaganda, haciendo una teoría propagandista.

El tercero reside en la primacía del optimismo no ya sobre el pesimismo sino sobre el realismo.

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