Epistemología
Adiós a la razón
Roberto Calabria

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Conocimiento científico y sentido común - ¿Qué es deconstrucción? Glosario del Conocimiento - Principio de incertidumbre - Subjetividad

Los desplantes de Paul Karl Feyerabend contribuyen decisivamente a cambiarle el rostro a la polémica epistemológica contemporánea. En efecto, nos estábamos resignando a que ésta discurriese por la escrupulosa discusión acerca de la eficacia refutatoria de tal o cual sedicente "modus tollens", por la propuesta, rechazo y vin dicación de "criterios demarcatorios" (cada vez menos afilados) salpicados aquí y allá de irónicas y corteses alusiones a los puntos de vista rivales, cuando nuestro autor irrumpe en la escena escolástica no sólo con opiniones heréticas sino con un nuevo estilo. "Adios a la razón" (1), que contiene tres ensayos ("Ciencia: grupo de presión política o instrumento de investigación?", "Ciencia como arte" y el del título del volumen) constituye una buena muestra de ambos aspectos de la cuestión.

Verdadero "emergente" entre los filósofos de la ciencia, Feyerabend dice y hace aquello que sus colegas de "buen tono" mantienen cuidadosamente reprimido. Llama a Karl Popper "ambicioso maestro de escuela", atribuye a incompetencia las opiniones de uno de sus críticos, califica de "grandes y vanidosos escritores " a Spinoza y Kant. Además de la diatriba; sabe ejercer el escándalo. Vale la pena citar la llamada a pie de Página No. 55 (pag.91): "Agassi nos da también un fascinante ejemplo de política en el círculo popperiano. D ice que él no confiaba en mí y que no quería convertirse en amigo mío. Pero el maestro (Popper), olfateando un potencial converso (yo) y el correspondiente incremento de su entorno, pidió a Agassi que superara su aversión, y Agassi superó su aversión. Así de fácil es convertir a un puritano israelí en un escabel a los pies de la razón crítica". Cierto es que en otra llamada nos previene contra la confusión entre "una forma de escribir directa y sincera y la pretensión de ser original" (en esta misma nota d enomina a Popper y Agassi "insectos filosóficos"), declara que ninguna de las ideas que él defiende es propiedad suya y que no es un "creador de ideas", sino un "defensor y propagandista de ideas valorables pero maltratadas, es decir... una especie de periodista". Pero más allá de esta sospechosa autocalificación, su tono cínico y peleador evoca el de Nietzsche y en ocasiones el de Céline lo que, en un epistemólogo es ciertamente novedoso.

Incurre en repeticiones matizadas de desorientadoras variantes, de propósito misterioso. Por ejemplo, en la página 68 (sec. 4 de "Adios a la Razón") dice: "La teoría atómica se introdujo (en Occidente) para "salvar" macrofenómenos, como el del movimiento. Fue superada por la filosofía, más sofisticada en los aspectos dinámicos, de los aristotélicos; regresó con la revolución científica, tuvo que retroceder al desarrollarse las teorías de la continuidad, volvió de nuevo a fines del siglo XIX y experimentó un nuevo retroceso con la complementariedad" (1). En la pag. 109 ("Ciencia grupo de presión política o instrumento de investigación?") dice: "La filosofía del atomismo ofrece un buen ejemplo. Fue introducida (en Occidente)... con el propósito de "salvar" macrofenómenos tales como el del movimiento. Fue asumida luego por la filosofía de Aristóteles dinámicamente más sofisticada, volvió con la revolución científica, fue considerada como un monstruo antediluviano a fines del siglo XIX (en el continente europeo, no en Inglaterra) tuvo un regreso triunfal al cambio de siglo s ólo para volver a quedar de nuevo restringida por la complementariedad" (2). Este agrado por las iteraciones y variaciones, se debe a un anhelo inconfeso por la inmóvil eternidad de Jenófanes? (dicen que un solo término repetido basta para confundir y desbaratar la serie del tiempo). O expresa, más bien, un intento retorcido de refutarla?. No podemos saberlo: la abominación explícita que P.K.F. hace de alla no basta para explicar sus deseos subconcientes. De ellos, el que confiere título al volumen, justifi ca humoradas como la siguiente, referida a la "Física" de Aristóteles:"Contiene teoremas como los siguientes: todo movimiento es precedido (temporalmente) por otro movimiento; existe una causa inmóvil del movimiento y un primer movimiento (en la seire causal) cuyo ritmo de cambio es constante..."

Pasando del "estilo" al "contenido" podemos considerar tesis como las siguientes: sobre el resonante tema de "la estructura de la ciencia" declara "...las ciencias no poseen una estructura común, no hay element os que se den en toda investigación científica y que no aparezcan en otros dominios". sobre la no menos augusta cuestión del "método científico" asevera: "La investigación con éxito no obedece a estándares generales: ya se apoya en una regla, ya en otra, y no siempre se conocen explícitamente los movimientos que la hacen avanzar". Lo único que cabe es recomendar una estrategia casuista, histórica, que basada en estudios de ejemplos relevantes le de al científico "una idea general de la riqueza del proceso e n que él quiere influir; le animará a dejar atrás cosas infantiles, como la lógica y los sistemas epistemológicos..." Más adelante dice: "Un científico no es un sumiso trabajador que obedece piadosamente a leyes básicas vigiladas por sumos sacerdotes estelares (lógicos y/o filósofos de la ciencia), sino que es un oportunista que plegando los resultados del pasado y los más sacros principios del presente a uno u otro objetivo, suponiendo que llegue siquiera a prestarles atención.Me imagino la estupefacción de Feyerabend al leer en el "Tratado de Biología" de Vilée a los cánones de St. Mill propuestos como los "métodos de la ciencia"... Pero; qué queda de la ciencia una vez que aceptamos proposiciones tan disolventes? Bien, en la pág. 60 se dice que "...no existe ninguna cosa que corresponda a la palabra "ciencia"...Ni hay nada así como un "método científico" o un "modo científico de trabajo". Obvio es considerar que después de tal aniquilación, fenecen también los predicados-valores atribuidos a esta entidad, la "objetividad", la "racionalidad", etc. con lo que el prestigio y autoridad conferidos a la ciencia no tienen otra justificación que la correspondiente a una tradición imperante que surge y se despliega históricamente y que no tiene sentido considerar superior a otras: las cosmovisiones (como los paradigmas) son inconmensurables.

Esta tradición es el racionalismo occidental que es el resultado, según Feyerabend, de dos procesos: a) la sustitución de los conceptos ricos y dependientes de la situación de la épica primitiva, por unas pocas ideas abstractas i situacionalmente independientes b: el descubrimiento de que estas ideas abstractas generan historias especiales llamadas "pruebas" o "argumentos", "cuya trama no es impuesta a los caracteres principales, sino que "se sigue de" la naturaleza de ellos. La riqueza de los episodios homéricos, los relatos contradictorios de diversas tradiciones, los mitos mezclados e impuestos son reemplazados por las "demostraciones", "rigurosas", "necesarias": Hay un sol o ser inmóvil, eterno, completo, etc, y una sola "verdad" , "objetiva" que se corresponde con él. Este enfoque dominante desde entonces, conduce, de acuerdo al autor, a un paradoja cuando se lo trata de extender a todo aspecto de la vida humana: "conceptos que son definidos de acuerdo con argumentos o historias-prueba explícitas, claramente formulados y drásticamente no-históricos, no puede expresar en absoluto el contenido de conceptos que están adaptados a las características (siempre cambiantes) de las v idas de los seres humanos, y por ello constituyen partes inseparables de su historia". Un ejemplo claro de los estragos de esa actitud constituye la oposición de los médicos "teóricos", que pretenden explicar la salud como el resultado del "equilibrio" de los "elementos" en el cuerpo y los médicos "clínicos" que aprenden empíricamente, en contacto directo con sanos y enfermos: los últimos curan, los primeros no. Esta situación persiste hasta hoy, de allí que multiplicidad de procedimientos médicos que han m ostrado empíricamente su eficacia, sean condenados a la marginación, a la práctica para-médica (cuando no al "ejercicio ilegal de la medicina"), por la institución oficial, la medicina "científica". Esto muestra el carácter político de tal situación, carácter que habitualmente se encubre bajo su presentación "epistemológica". Dada una visión A que goza de crédito científico y una visión B que la contradice y que carece de él, la solución es sencilla: A subsiste, B debe desaparecer. Pero el problema es que e l criterio de atribución de cientificidad es tan elástico que investigadores enfrentados con este tipo de alternativas "se las apañaban para transferir de A a B tanto la evidencia como el apoyo de los principios básicos; esto es, transformaban B en una parte respetable de la ciencia, y mostraban que A carecía de mérito". La decisión entre A y B no puede procesarse, como creen los epistemólogos, de una manera científica. Pero ocurre que frecuentement, tal decisión puede afectar a todo el cuerpo social. La g ravedad de esta situación impone consideraciones de carácter teórico y práctico. Las primeras implican la comprensión de que el racionalismo, apoyo filosófico de la ciencia, es una tradición entre otras y que su autoridad es tan discutible como la de cualquier otra. Las de carácter práctico implican la comprensión de que "la ciencia , tal como es practicada por los grandes científicos.. tiene un carácter tan abierto que no sólo permite sino que demanda, la participación democrática". Esto último es plenamen te compartido, en lo primero plantearía una custión de énfasis: las deficiencias del racionalismo abstracto no tienen por qué llevarnos a una renuncia como la del título. La inevitable admisión de componentes irracionales en el proceso científico tampoco supone que decidirse a favor o en contra de las ciencias es "...exactamente como uno se decide a favor o en contra del "punck rock". La irracionalidad de la tradición racionalista no debería hacernos desesperar de la razón, sino hacernos comprender la neces idad de promover una comprensión de los elementos, por ahora, "irracionales" de nuestra civilización en una razón más amplia y menos presuntuosa como la que quería nuestro Vaz Ferreira cuando recomendaba con Diderot "no apagar nuestra lápara bajo el pretexto de que no es un sol". Algo así hay quizá en la hermosa analogía desarrollada en el tercer ensayo de este volúmen: "La ciencia como arte".

Roberto Calabria

(1) Feyerabend P, Adiós a la razón, Editorial Teknos, 1984.


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