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1103 - Entrevista por Ángel Berlanga - "Por otra parte, la gestión de Duhalde me pareció excelente: hizo todo lo que yo pensaba que tenía que hacer. Todos me dicen “sí, pero es traficante de drogas”; “bueno, pero eso es su vida privada”, digo yo..."

“La clase media ha persistido en sus valores”

Con la publicación de “El río sin orillas”, un particular ensayo sobre el Río de la Plata, el autor de “Glosa, La pesquisa” y “La vuelta completa” termina de reeditar toda su obra, mientras sigue escribiendo una nueva novela. En esta entrevista habla, además, de Kirchner, Duhalde, la clase media, los piqueteros y los intelectuales

Anda con ganas de volverse. “Hace quince días que no hago prácticamente nada, aparte de ir a comer y tomar vino todas las noches con amigos”, dice. Aunque está radicado en París desde hace 35 años, aunque escribió allá la mayor parte de su obra e incluso se jubiló como profesor de literatura en la Facultad de Rennes, en su voz no hay rastros de contagio de tono francés. Allá lo espera su familia y la novela en la que está trabajando, La grande, sobre la que prefiere no anticipar nada salvo la hipotética fecha de aparición: finales del 2004. Acá acaba de ser reeditado El río sin orillas, y con él toda su obra (once novelas, seis libros de cuentos, tres de ensayos y uno de poemas) queda reunida en un mismo sello editorial, Seix Barral.

El río sin orillas es un libro curioso: escrito por encargo en 1989, publicado por primera vez dos años más tarde, entrelaza historia, clima, geografía, política, antropología, literatura y etcétera del Río de la Plata y, además, sus vivencias y sensaciones personales. “Traté de hacer una especie de bordado de todos esos temas, como un tapiz: ésa fue la idea”, dice Saer. Caben, así, reflexiones sobre la fatalidad de Solís y el delirio de Mendoza, el carácter “autoritario y populista” del peronismo, vacas y caballos, composiciones sociales, la mirada y los apuntes de Darwin, las tormentas, la escasa influencia de los intelectuales y una siesta en su pueblo natal, Serodino, pegado al Paraná. “Yo soy parte interesada –anota Saer–, porque el fuerte Sancti Spiritus fue fundado, casi sin ninguna exageración, enfrente de mi casa. Al principio tenía muchas vacilaciones –dice–, porque tenía un compromiso con la erudición que tenía que adquirir, y también había algo personal, de vivencia: cuando logré reunir las dos cosas fue como un sentimiento de liberación. Me dio mucho trabajo pero al mismo tiempo fue exaltante, porque era una experiencia nueva; pude conservar ciertos hitos narrativos en un libro que aparentemente es un ensayo.”
–¿Es un libro escrito para extranjeros?
–Sí, pero al mismo tiempo tuve que tener muchísimo cuidado con mis lectores argentinos; me planteé que ni siquiera los historiadores argentinos pudiesen decir, decepcionados, que esto era una renuncia. Tenía que hacer un libro que tuviese los mismos parámetros narrativos, pero al mismo tiempo debía informar a “idiotas”, pero no en el mal sentido: gente que no supiera nada del Río de la Plata. Esa era la contradicción principal del libro. Y anduvo bien: el libro gustó muchísimo en Francia.
–¿Por qué priorizó como fuentes, en su relato, la mirada de extranjeros?
–Los locales no se fijan demasiado en el país donde están; si usted está plantado todo el día en Buenos Aires, por costumbre deja de verlo. A veces digo “qué lástima: ya no me deslumbro más por París”. Dejé de verlo. A veces la mirada extranjera pone en evidencia cosas que la mirada local no ve. Hay, además, una razón muy precisa: una enorme cantidad de material escrito por extranjeros desde el siglo XIX, e incluso desde antes. Y ese material es riquísimo, de primera calidad, y con un inmenso afecto por nuestro país, aun cuando ni siquiera era nuestra patria. He frecuentado mucho a estos viajeros, los leía con muchísimo placer.
–La mirada del extranjero permite una cierta distancia, ¿pero no son las miradas internas las que consiguen más profundidad?
–Es verdad. Pero no hay muchas. Y no podía volver a sacar a Sarmiento, porque no se prestaba para mi trabajo. Me fue muy útil Darwin, por ejemplo; él cuenta que a 40 kilómetros al noroeste de Rosario se encuentra la llanura más chata que había visto en el mundo: no hay prácticamente ningún accidente. Ahí se encuentra mi pueblo, Serodino. Eso, entonces, tenía una resonancia biográfica. Ciertos autores extranjeros nos enseñan cosas sobre nuestro pasado, pero también sobre nuestras sensaciones de infancia; ellos las describen como propias, y las explican: y ésas son las que hemos tenido nosotros cuando éramos niños. Es una cosa muy curiosa.
–Usted se explaya, en el libro, sobre la clase media. ¿Qué cambios notó últimamente?
–Después de todo lo que pasó creí que habría una pauperización de valores, y no: creo que los valores de la clase media persisten. Son los que vienen de la inmigración: honestidad, hospitalidad, cierta frugalidad, y al mismo tiempo sentido del humor, rechazo a la violencia, valorización del servicio público y la educación, rechazo a la corrupción. Todo eso después de la crisis económica.
–¿Qué visión tiene del gobierno de Kirchner?
–El programa es bueno, pero habría que bajar un poco el volumen. Las declaraciones son correctas, pero por su carácter un poco perentorio dejan demasiado flanco a la crítica de la oposición, que a mi modo de ver es poco honesta y está esperando cualquier error para atacar. Todas las medidas que se están tomando pueden parecer traumáticas, pero es como cuando hay que arrancar una muela: para el dentista siempre es la última opción. En este caso era tan grande la podredumbre que había que arrancarla de cuajo. Y eso crea mucho descontento en la gente que estaba instalada en el poder, corrupta o no: crea enemigos. Ciertos grupos muy favorecidos con las políticas de los ultraliberales anteriores tienen mucho poder, incluso en los medios, y pueden desestabilizar al Gobierno, al que yo le tengo mucha simpatía y respeto.
–Por lo que dice en el libro, considerará a Kirchner un peronista atípico...
–Sí. El peronismo está lleno de contradicciones, y él está luchando por superarlas. Dentro del peronismo hay 50 opciones diferentes, incluso enemigas entre sí; en alguna época se ametrallaron mutuamente y han hecho desteñir esa violencia en la sociedad. El peronismo le debe eso al país, y creo que Kirchner es consciente. Por otra parte, la gestión de Duhalde me pareció excelente: hizo todo lo que yo pensaba que tenía que hacer. Todos me dicen “sí, pero es traficante de drogas”; “bueno, pero eso es su vida privada”, digo yo; por supuesto que mis amigos radicales o de izquierda saltan hasta el techo (se ríe). Duhalde es muy mesurado en sus declaraciones. Creo que él hubiese preferido a Reutemann, porque le hubiese resultado más manejable, y ha tomado conciencia de que el kirchnerismo puede conducir a su muerte política; debe estar preocupado. A Kirchner lo veo como una superación, a través de una especie de espíritu frentista: la prueba es su gabinete. Y a mí me parecía que esta cosa frentista podía barrer con las contradicciones del radicalismo y el peronismo, que no terminan de morir: el pueblo argentino no puede estar soportando todo el tiempo sus luchas internas. Tienen que salir fuerzas más importantes; una que incluya a las derechas, y otra que englobe a la centroizquierda radical, peronista, socialista.
–¿No lo alarman presuntas vinculaciones non sanctas entre punteros de Duhalde y la Policía Bonaerense?
–Sí, seguro, pero en eso no puedo entrar a... Sí, ahí no puedo decir que es su vida privada. Pero no sé qué hay de verdad, todos son rumores...
–Pero hay decisiones políticas detrás de la Bonaerense.
–Sí, hay, hay una cosa muy complicada; la Bonaerense no hubiese llegado donde llegó sin el “permiso” del Estado provincial.
–Duhalde, desde hace...
–Sí o sectores... Yo juzgo a Duhalde por su comportamiento como presidente de la transición. Del resto no sé... Pero, por ejemplo, me parece una irresponsabilidad que el gobernador Solá les aconseje a las familias que paguen rescates. Aunque lo piense y le parezca sensato para salvaguardar la vida de los rehenes.
–¿Qué opinión tiene de los grupos piqueteros?
–Hay varias tendencias; los que llaman “piqueteros duros” están dirigidos por pequeños grupos de extrema izquierda y creo que sus opciones, en este momento, no son viables. Para ellos es una manera de tener una base electoral o política: eso es todo. Pero hay un poco de anacronismo en estas posiciones. Pero no porque sean viejas, sino porque no corresponden en este momento. A mi modo de ver no tienen mucho poder y desvirtúan las aspiraciones auténticas de los piqueteros en general, es decir, de los pobres: llamémoslos como son. Son ellos los que salen a la calle y arman los piquetes para hacerse oír y atraer la atención de los medios: eso es totalmente legítimo. Lo que me parece menos legítimo es exigirle al Gobierno cosas que nadie podría realizar. Pedir trabajo y una distribución más justa de la riqueza sí, pero de ahí a pedir la revolución permanente... O es delirante o es inepto, o es de mala fe

La tarea intelectual

–Usted anota en su libro que, salvo raras excepciones, los intelectuales no influyen en la Argentina. ¿Sigue siendo así?
–Cuando me refiero a intelectuales lo digo por quienes piensan globalmente la sociedad, el hombre, la cultura; ésos no tienen una influencia real, determinante. Pueden tener una influencia sobre algunos grupos, pero no sobre la sociedad. Eso, en general, es lo que pasa en el mundo entero en este momento. Sólo los pensadores orgánicos al ultraliberalismo, y quienes se oponen orgánicamente a ellos, tienen una influencia en términos globales. Lo del fin de las ideologías, por ejemplo, venía en el paquete del ultraliberalismo; y por otro lado tenemos a un Noam Chomsky, que en tanto intelectual se ha reconvertido en un agitador político.
–¿Qué intelectuales han tenido peso en la Argentina en los últimos tiempos?
–Últimamente... no veo. En el siglo XIX sí ha habido intelectuales que tuvieron una influencia determinante sobre la cultura y la sociedad: Sarmiento, Alberdi, Mariano Moreno. Podríamos decir Mitre, aunque no comparto sus ideas. No solamente transformaron la sociedad: tuvieron el poder en sus manos y trataron de aplicar las cosas que pensaban. Y eran verdaderos intelectuales, no eran agitadores políticos


 

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