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El Pensamiento de...
Baltasar Garzón
Biografía

. Baltasar Garzón  habla sobre la respuesta norteamericana a los atentados a las Torres  . El Pensamiento de...

Fuente: El País, 04-03-2003
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Carta del juez Baltasar Garzón Real a José María Aznar sobre la amenaza de guerra en Irak
Garzón es Magistrado-juez de la Audiencia Nacional de España

Le escribo estas notas de urgencia con la ansiedad de quien se hace múltiples preguntas y apenas encuentra respuestas, y casi con la certeza de que difícilmente se pueda conseguir alguna fórmula que haga reflexionar a quienes —como usted— dirigen esta locura, con una sordera tan desconcertante como peligrosa, que nos conduce hacia una deriva y un desequilibro emocional y psíquico del que la generalidad de los españoles saldremos con dificultad.

A veces, señor presidente, me da la sensación de que enfrente no tenemos políticos —utilizo el término en el sentido clásico del mismo y no en la derivación utilitarista que muchos le dan ahora—, sino muros de piedra resbaladiza por la humedad y el humus pestilente de quienes carecen de sentimientos.

No recuerdo un grado de protesta y de auténtica rebelión popular como el que su postura, señor presidente del Gobierno, está generando en todos los estratos y clases sociales españoles. Tampoco recuerdo mayor grado de cinismo en algunos líderes políticos, que utilizando toda la demagogia y la manipulación de los medios de comunicación que controlan confunden gravemente a los ciudadanos jugando con su seguridad y sometiéndolos a un «bombardeo» constante de mentiras y medias verdades que apenas les dejan respirar.

Como no aspiro a ningún puesto, ni a ningún nombramiento, y ni tan siquiera me preocupa perder el que ahora tengo, disfruto de la libertad suficiente para escribir y decir «Basta ya»; perdónenme los abnegados luchadores de esta plataforma por hacer mía esta expresión que tan valientemente defienden con su actuación insumisa, pacífica y beligerante frente al terror, pero también aquí se trata de luchar contra la violencia dialéctica institucional impuesta por unos gobiernos mutantes de la realidad que, día a día, menosprecian a aquellos que les hemos dado legitimidad democrática en las urnas con nuestros votos, positivos o negativos, obligándonos a la aceptación de una realidad inexistente y a un estado de cosas, creado a propósito por alguno de ellos, para justificar ahora la pesadilla que sufrimos la mayoría en todos los países de la Tierra.

En el último mes —desde el 27 de enero de 2003 al día de hoy—, señor presidente, he seguido, como tantos otros, los debates en el Parlamento español sobre la guerra de Irak, así como las noticias de los diarios, los debates y las imágenes en las televisiones, y especialmente los esfuerzos de usted y del señor Blair —el señor Bush ya ni lo intenta— para explicar su postura y justificar la disociación de la misma con la de los ciudadanos de Gran Bretaña y España.

He comprobado cómo una vez más se impone la ley no escrita de la sumisión acrítica de los diputados del Grupo Popular y, cómo algunos, en forma desafortunada, insultaban a los actores que dignamente discrepaban en silencio desde la tribuna, o lanzaban improperios a la oposición por su discrepancia democrática, y, sobre todo, cómo adulaban con la sonrisa y el aplauso a su líder, es decir, a usted; y he sentido miedo, un miedo frío, físico, palpable y denso como el chapapote; pero también he constatado cómo alguno de ellos, al aplaudir y al sonreír, se removía en su escaño, sin duda pensando en la vergüenza que tendría que pasar cuando, al llegar a su casa, tuviera que mirar a sus hijos, a sus padres, a su esposa o a su marido y explicarles lo inexplicable. A estos últimos me dirijo, pidiéndoles que expresen lo que sienten y que actúen en consecuencia.

No han sido uno, ni dos, ni tres, sino decenas y decenas de militantes y votantes del partido que preside, con los que he tenido oportunidad de hablar, y en todos he hallado un rictus de amargura por su posición, y una preocupación verdadera por la deriva que ha tomado y que, para ellos, compartirla roza el problema de conciencia. Pero, a la vez, y lo digo con el cariño que le tengo a algunos, callan en forma cobarde, temiendo las «consecuencias» de su discrepancia ante sus dirigentes. Por mi parte siento pavor de que su miedo, el de «prietas las filas, recias, marciales, nuestras escuadras va...» o el de las apelaciones del señor Rajoy «al orgullo, al honor y las convicciones», se confundan con mi miedo y el de los españoles que, en defensa de nuestra patria, nos oponemos a una guerra injusta desde la libertad y la coherencia.

Señor presidente, cuando usted y los dignos representantes parlamentarios elegidos por el pueblo recibieron la legitimidad que otorgan los votos de los ciudadanos —esos que tan pronto olvidan algunos de ustedes cuando han conseguido el escaño y de los que no vuelven a acordarse hasta que necesitan pedírselo de nuevo—, la obtuvieron para representarlos y defenderlos; pero el mandato no incluía las cartas marcadas, no suponía la actuación en contra de aquella confianza ni a favor de una posición sobre la guerra que tan sólo defiende una minoría —por lo demás, poco informada— ni de los intereses a favor de unos líderes que quieren ocupar un lugar en la historia a costa del sufrimiento de todos. Creo, humildemente, que entre las obligaciones que ahora deben cumplir está la de sumarse al grito de oposición a la guerra y hacerlo abiertamente en el ámbito de sus competencias. Como ciudadano, tengo derecho a pedírselo, e incluso exigírselo, porque el derecho a la paz es mi derecho y la guerra es la negación de este derecho, y de la justicia más elemental, a la vez que la derrota de todos.

Ninguna disciplina de voto puede obligarles a votar por encima de aquel derecho. Y, si finalmente lo hacen, no olviden su responsabilidad en la masacre que se anuncia, porque ustedes son responsables directos si avalan esta locura. Ningún reglamento de régimen interno les obliga a votar en contra de su conciencia, pero si a pesar de ello ustedes votan en contra de aquel derecho, no olviden que serán responsables de cada una de las vidas que se pierdan en esta posible guerra, incluida la de los soldados españoles que sean enviados al escenario del conflicto. Ninguna sanción administrativa, ni incluso la pérdida de expectativas de una inclusión posterior en listas electorales, les obliga a votar en contra de aquel derecho, pero si a pesar de ello lo hacen, no olviden, ni por un momento, al margen de lo que digan sus líderes, que ustedes serán responsables del desastre humanitario que se cierne sobre todos.

Ustedes deben decidir en qué bando juegan, si en el de la legalidad internacional y nacional, pero la real, no la del marketing, ni la fatua, ni la de las palabras huecas, o en el bando de la falsedad y del interés oculto de unos pocos que pretenden sobornar nuestras conciencias ofreciéndonos las riquezas de las minas del Rey Salomón.

He observado con atención la actividad desplegada por usted, señor presidente, en diversas partes del mundo, sus reuniones con diferentes líderes, incluso con Su Santidad el Papa Juan Pablo II, y ello está bien, pero no acabo de entender cuál es la razón última de tanta acción en «primera línea». No sé si es la finalidad de obtener el reconocimiento de gran estadista la que le guía, o es la necesidad de comprensión la que le motiva, o en fin, la urgencia de obtener un perdón preventivo por sus acciones. En todo caso, sería muy fácil para usted conseguir esas finalidades sin poner en riesgo valores esenciales; bastaría con sumarse a la postura que todo el mundo civilizado, y los líderes políticos más dispares —franceses, alemanes, rusos, sirios, chinos...— mantienen. Ésta sí es una apuesta por la paz. ¿Qué hará usted, señor presidente, si el Consejo de Seguridad no aprueba la resolución que usted ha preparado con los señores Blair y Bush?

Ustedes dicen que están agotando todas las posibilidades y afirman que Irak ha incumplido la resolución 1.441 y por ello quieren dar vía libre a la guerra; entonces, ¿a qué viene el paripé de tantos contactos y visitas y sin embargo no hacen ninguna a Irak para hablar con su enemigo?; ¿cuál es la razón de esa segunda resolución, cuando los inspectores están haciendo su trabajo bien? Miren, yo pienso que sólo es la excusa que la Administración Norteamérica necesita para iniciar un ataque que ya tiene decidido. Señor presidente, ¿cómo puede usted hablar en referencia a la decisión iraquí de destruir los misiles Al Samud 2 como «juego muy cruel con el deseo de paz de millones de personas en el mundo»?. No se ha dado cuenta de que estos millones que usted cita están a favor de que no se intervenga en Irak, es decir, en contra de su postura, la del señor Blair y la del señor Bush. ¿Cuándo se darán cuenta de que es necesario algo más que palabras grandilocuentes, alambicadas o estentóreas, para convencer a los ciudadanos? Señor presidente, Turquía —cuyo Parlamento ha dicho no— recibirá treinta mil millones de dólares por su colaboración, ¿cuál es el precio que pagaremos por prestarnos a esta farsa? Pero no olvide que dicho precio estará manchado de la sangre de muchos inocentes y ello les avergonzará para siempre.

Siento que la palabra Paz se está prostituyendo de tanto usarla mal. Excepto para todos aquellos que estamos entendiendo y viviendo que es la primera vez en la historia de la humanidad en la que, saliendo a la calle o de cualquier otra manera, estamos creando una «Revolución por la Paz». En general, somos personas que la pronunciamos poco, pero la defendemos con nuestras acciones, desde cada uno de nuestros puestos de trabajo y responsabilidad, y si hace falta la gritaremos una y mil veces.

Mire, señor Aznar, el día 15 de febrero de 2003 sentí un orgullo que difícilmente podrá entender. Mis hijos y mi mujer estuvieron conmigo en la manifestación, codo con codo, gritando a favor de la paz. Vi sus caras y su decisión, como la de tantos miles y millones de personas, y ellos me han reconfortado como padre y como ciudadano y me han transmitido la fuerza que necesitaba para seguir.

Después de todo lo dicho quiero hacer un esfuerzo y entender por qué nuestro Gobierno —o mejor dicho, usted, señor presidente— se ha encastillado en una espiral que puede llevarle a una especie de suicidio político; para ello he decidido parar de escribir y continuar dos días después de meditar sobre ello. Durante estas 48 horas he pasado revista a las explicaciones de Ana Palacio; a todas las opiniones, entrevistas y ruedas de prensa que usted, señor presidente, ha expresado y realizado; a todas las comparecencias del portavoz del Gobierno; a los debates parlamentarios; a las comparecencias en el Consejo de Seguridad; a las estrambóticas ruedas de prensa del secretario de Defensa norteamericano; a las de la consejera de Seguridad, Condoleezza Rice; a las del propio George W. Bush, y, cómo no, a las del señor Blair. Pues bien, entiendo la postura de EE UU; también, aunque menos, la de Gran Bretaña; pero la que no comprendo es la suya, señor presidente, la cual me parece más dura y más extrema que la de aquéllos, a pesar de la aparente moderación que emplea en sus comparecencias públicas para intentar explicarla.

Veamos, primer asunto: el terrorismo. No creo quebrantar ningún secreto profesional si digo que, al menos hasta donde yo conozco, no existe al día de hoy ni un solo indicio de que la implicación de Sadam Husseín con Al Qaeda existe. Quien acusa tiene la carga de la prueba y no puede desplazar esta obligación a otros, y ustedes no han aportado esa prueba.

Segundo asunto: violación de derechos humanos. Hasta ahora sólo se ha hablado y, ello es cierto, de las violaciones masivas de los derechos fundamentales por parte de Sadam Husseín, pero nada se habla de las violaciones de los derechos humanos que Estados Unidos está cometiendo en forma flagrante y reiterada con los más de mil talibanes detenidos en Guantánamo; y de los que también se hallan en idéntica situación en Afganistán y Pakistán bajo el control norteamericano, o de los más de cien detenidos en EE UU en lugares desconocidos, simplemente por su situación irregular y por su vinculación étnica árabe y cuyo paradero no se da por razones de «seguridad nacional». A todos ellos no se les ha permitido contactar con familiares, abogados, y sus condiciones de vida son infrahumanas, desde hace más de un año. Y frente a esto, señor presidente Aznar y señor primer ministro Blair, ¿qué dicen y qué hacen ustedes?, ¿por qué no se ha tratado este tema en la reunión del rancho del señor Bush en Tejas?, o ¿por qué no exigen a éste un pronunciamiento claro y definitivo para que cese esa situación de ilegalidad? ¿Cómo se puede apoyar a un líder o a un país que está violando groseramente los mismos derechos que dice defender?

Tercer asunto: Se acabará con las armas de destrucción masiva, las armas químicas y la amenaza terrorista que representa Sadam, si éste se exilia o se le elimina. Realmente pueril esta argumentación. Lo único que va a generar esta injusta guerra es, por una parte, una quiebra ya inevitable de la legalidad internacional, y por otra, el aumento del terrorismo integrista a medio y largo plazo, el cual hallará una plataforma de justificación objetiva, de la que ahora carece. Su crecimiento en otros puntos del planeta, entre ellos España, como dijo Tarek Aziz, sin que se apreciara tono amenazante en su afirmación, sino constatación lógica de los hechos, es algo tan evidente como terrible y usted no quiere o no sabe verlo.

Señor presidente, evitar esta guerra en ciernes es misión de todos, y debe darse cuenta de que millones de ciudadanos ya hemos comenzado a dar forma a la «Revolución por la Paz» y hemos ganado frente a usted y sus «compañeros de aventura» la «moción de censura» que les obliga a abandonar su postura, a dar más tiempo a los inspectores y a cumplir la legalidad internacional y, a su vez, les niega el derecho de instar una nueva resolución que dé vía libre a la guerra.

Señor presidente, con respeto pero con enorme firmeza, le digo que usted no puede ni debe ir de la mano de quien está haciendo gala con su política de la consumación de la doctrina de «los espacios sin derecho»; ni de la mano de quien se ha desvinculado de la Corte Penal Internacional; ni unido a quien, de hecho, está construyendo espacios de impunidad que perjudican a la comunidad internacional: ¿acaso usted tampoco cree en la justicia internacional?


Opinión del juez Baltasar Garzón sobre la respuesta norteamericana a los atentados del 11/09/01 a las Torres Gemelas

Diario El País: 06102001

Probablemente, cuando este artículo vea la luz ya se habrá producido la respuesta de las armas sobre Afganistán, el régimen talibán, Osama Bin Laden o su gente. Tanto da, parece ser, uno como otros. Pero permanecer callado y a la espera de esta especie de teatro de operaciones en el que estamos siendo actores, porque de nuestro futuro se trata, es una omisión gravísima o una aceptación culpable de los proyectos bélicos reiteradamente proclamados por los gobernantes de los Estados Unidos, y exigidos por los ciudadanos americanos que reclaman 'venganza'. A quien discrepa, casi se le considera traidor, y se le vigila cuando se manifiesta para que no sufra daño. La callada aceptación oficial de Occidente, esencialmente la de los países europeos, me lacera en lo más profundo del corazón y debe llenarnos de desesperación. Se oyen grandes discursos, se emiten importantes acuerdos de principio, pero se acepta e incluso se comparte la respuesta violenta. Que Estados Unidos iba a reaccionar como anuncia que lo hará, o como ya ha podido hacerlo -invasión de Afganistán, acciones bélicas de comandos, bombardeos, acciones encubiertas-, era lógico y esperado, pero la sumisión simiesca de todos no era previsible. Así, resulta preocupante que países como Francia o España no hayan alzado la voz en forma clara para decir no, para no aceptar la solución violenta como única posible, para desvelar la gran mentira de la 'solución final' contra el terrorismo; es lo que me ha hundido en una profunda depresión de la que apenas me recupero con la resolución 1373 del Consejo de Seguridad de la ONU de 30 de septiembre de 2001 sobre medidas contra el terror. No es posible que viva en un país que sufre el terrorismo desde hace más de treinta años y que día a día clama por la legalidad y el Estado de derecho para hacerle frente, y que ahora se ponga el casco militar y decida ayudar sin límite a un hipotético bombardero de la nada, a una masacre de la miseria; a un atentado a la lógica más elemental, de que la violencia engendra violencia y que la espiral del terrorismo, de los terrorismos -porque no todos son iguales ni en sus génesis, ni en desarrollo o finalidad-, se alimentan con más muertos, sean del color que sean, y ese aumento de víctimas garantiza la justificación de su actitud e incluso le otorga más 'legitimidad' para continuar su acción delictiva. Alguien ha dicho que el terrorismo, especialmente el integrista islámico, o fundamentalista, es una amenaza difusa, pero sobre todo es una realidad preocupante y cruel desde hace tiempo, y constituye un fenómeno al que, entre todos, y especialmente los países occidentales -respecto a los cuales no apuesto por su supremacía como desgraciadamente ha dicho el primer ministro italiano-, hemos contribuido a dar forma con nuestra propia intransigencia, con la diferencia, con la imposición de 'lo nuestro' frente a 'lo otro', con el rechazo de todo aquello que es diferente a nuestra cultura o incluso a nuestra 'religión civilizada'. Occidente y sus jerarquías políticas, militares, sociales y económicas han estado más ocupados del progreso abusivo y vergonzante de la producción, la especulación y el beneficio globalizados, que de una adecuada redistribución de la riqueza, de una política de exclusión social, que de una mayor atención a la integración de los pueblos o de una política de inmigración progresista y solidaria; del mantenimiento y exigencia de la deuda externa, que de la implementación de recursos en esos países a los que ahora se les pide ayuda o comprensión, o a los que se amenaza con la guerra final, con la 'justicia infinita' o con la paz duradera. Por esas omisiones conscientes ahora se sufren las consecuencias terribles de una violencia irracional extrema y fanáticamente religiosa. Sin embargo, la paz o la libertad duraderas sólo pueden venir de la mano de la legalidad, de la justicia, del respeto a la diversidad, de la defensa de los derechos humanos, de la respuesta mesurada, justa y eficaz. Como decía Víctor Hugo: 'El Derecho está por encima del Poder', y debe mostrar a éste el camino y el respeto a esos principios tradicionales que constituyen la esencia de la civilización moderna y que le dan forma y contenido a la misma. En definitiva, no se puede construir la paz sobre la miseria o la opresión del fuerte sobre el débil; y, sobre todo, no se puede olvidar que habrá un momento en el que se tengan que exigir responsabilidades por las omisiones y por la pérdida de una oportunidad histórica para hacer más justo y equitativo este mundo. No estoy pensando ahora en las responsabilidades criminales de los que idearon y ejecutaron los terribles hechos del 11 de septiembre. Ésas corresponde fijarlas a la Justicia Nacional o Internacional, como a los servicios policiales o de inteligencia compete buscar y mostrar las pruebas para que el juicio sea factible y justo. No es de recibo decir: 'Tengo las pruebas, pero no las hago públicas porque puedo perjudicar las fuentes'. ¡No!; esto no es serio. Esto, sencillamente, es ilegal. Por cierto, todos han establecido la definitiva responsabilidad de Osama Bin Laden, y probablemente la tenga, como último líder indiscutible del terrorismo fundamentalista islámico, o como inductor inmediato de los crímenes, pero no debemos olvidar que estamos ante un delito atroz, pero ante un delito al fin y al cabo que necesita un proceso de acreditación e imputación y de un juicio público. Sin embargo, lo cierto es que, simultáneamente al hecho de aprobarse la resolución del Consejo de Seguridad y de la que ayer inició su debate en la Asamblea General, todos los países occidentales aceptan la eliminación física de aquél y sus adeptos. Es decir, se predica la legalidad y a la vez se prescinde de la misma, aduciendo la necesidad y la urgencia para acabar con el peligro que la organización terrorista representa, e igualmente se exige la aceptación sin condiciones de que 'existen' pruebas que, curiosamente, están siendo analizadas por los políticos y no por los jueces y, con base a ello, se sentencia a los 'culpables' y a los que no lo son. Realmente grave. Tampoco me refiero ahora a las posibles responsabilidades, por omisión culpable de todos los servicios de seguridad, inteligencia y policiales de EE UU, en la no prevención de la masacre. Supongo que ésta, antes o después, se conocerá y se exigirá en la justa medida de la magnitud de la catástrofe. Realmente, la responsabilidad de la que quiero hablar es aquella que se puede reprochar no sólo a los talibán, por su régimen de opresión y represión en Afganistán, sino a los gobernantes de los países occidentales que, de forma irresponsable, han generado y siguen generando, a través de la cobertura de los medios de comunicación, una psicosis de pánico en el pueblo afgano ante la inminencia de la invasión y a la previsible masacre, y que les ha obligado a una huida hacia una supuesta seguridad y libertad, pero que realmente les conduce hacia una más que segura catástrofe humana. ¿Quién responderá de estas muertes?; ¿y del hecho en sí de las migraciones forzadas? Probablemente a nadie de aquellos interese que mueran unos cuantos miles de afganos porque, a pesar de los grandes discursos, su suerte ya está echada. Pero la respuesta que yo quiero y que estoy seguro desean el pueblo americano y el mundo entero civilizado, si se explican bien y con rigor la situación y el fenómeno, no es desde luego la militar, sino aquella que parte necesariamente del Derecho mediante la elaboración y la aprobación urgente de una Convención Internacional sobre el terrorismo que unifique los conceptos e incluya las normas que regulen los tipos de investigación y cooperación policial y judicial; que eliminen cualquier traba para la investigación en países o enclaves con opacidad fiscal; o la obligación de descubrir las cuentas, bienes y denunciar a sus titulares; la desaparición del principio de doble incriminación; la creación de un espacio único universal, lo que supone necesariamente la urgente ratificación del Estatuto de la Corte Penal Internacional, y la conceptuación del terrorismo como un crimen contra la humanidad perseguible bajo el principio de justicia penal universal; la desaparición de la extradición y su sustitución por la simple entrega de los responsables; la creación de una auténtica Comunidad de Inteligencia; la creación de un Observatorio Internacional sobre terrorismo, y la ayuda a los países afectados para que amplíen sus recursos, no militares, sino humanitarios, culturales, económicos... Es cierto que en esa línea se ha pronunciado el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas; pero, ¿en qué medida no se va a quedar la iniciativa de principios en una simple norma de estantería? ¿Qué sanciones se impondrán a los países que no cumplan? Europa ha dado un paso más, pero también debería no perderse en disquisiciones inútiles sobre unos u otros terrorismos. Creo que ha llegado el tiempo de que los principios de soberanía territorial, derechos humanos, seguridad, cooperación y justicia penal universal se conjuguen en un mismo tiempo y con un sentido integrador. Éste y no otro debe ser el fin de la gran coalición de Estados frente al terrorismo. Probablemente se me dirá que todo esto es una utopía o incluso una entelequia. Sin embargo, aspiro a vivir en un mundo en el que lo racional se imponga ante lo absurdo; a que por una vez el concepto de Comunidad Internacional sea interdependiente y no errático y contradictorio; a que se entienda que la razón de la fuerza no da fuerza a la razón, sino que la elimina. Y, que si ha sido posible un acuerdo para la aplicación del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, aunque no se entiendan ni la decisión ni el sentido de la misma por cuanto la amenaza del terrorismo no es externa, en especial en el caso del terrorismo islámico que surge o puede surgir en cualquier país en el que prenda la yihad islámica o guerra santa, porque sus raíces se hunden en conceptos deformados de una religión o en una convicción extremista de esa manifestación, también debe ser posible aspirar a algo más que al mero engrase de la maquinaria de la guerra. En definitiva, a unos acuerdos o decisiones políticas que ofrezcan una respuesta de alcance equivalente en el sentido expuesto. Ahora es el momento de descubrir la talla y la envergadura histórica y ética de nuestros políticos y gobernantes, como hombres de Estado, y no como títeres en manos de otros. Si hay una cosa clara hoy día, después del 11 de septiembre, es que no existe ninguna zona segura en el mundo y que cualquier país que minusvalore esta realidad sufrirá, antes o después, las mismas consecuencias que se han vivido en Nueva York y Washington. No deben ser la prepotencia y la cólera las que primen aquí y ahora, sino la humildad y la necesidad de una coordinación y cooperación efectivas en todos los ámbitos, y especialmente en lo político, policial y judicial, para combatir y hacer frente a uno de los retos más graves del nuevo siglo: el terrorismo, frente al que se debe abandonar la falsa idea romántica o pseudo progresista de que hay terrorismos buenos o 'nacionalistas' que se pueden defender, y terrorismos malos o 'extremistas' que se deben combatir, porque ello constituye, además de una visión miope del fenómeno, una degeneración de la misma naturaleza de aquél y una concepción políticamente perversa que perjudica tanto como las propias acciones de las organizaciones terroristas. La fecha del 11 de septiembre de 2001 quedará impresa en la memoria del mundo de forma imborrable; la solidaridad con las víctimas de todas las nacionalidades, y no sólo americanos, perdurará por siempre. Pero, precisamente la magnitud de la catástrofe, la actitud frente al futuro y la decisión para combatir el fenómeno criminal del terrorismo deben ser revolucionarias y magnánimas a favor de esa paz que las propias creencias religiosas de quienes la proclaman exigen. Ya sabemos cuáles son las consecuencias de la violencia y de las armas; probemos ahora la fuerza de las manos unidas por la Paz, el Derecho y Contra el Terrorismo. Ésta es la única respuesta, aunque probablemente no será la que se aplique

Fuente: El País, 04-03-2003
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