010209 -
Bambú Press
- El flamante presidente estadounidense
Barack Obama designó al almirante
retirado Dennis Blair al frente de la Dirección Nacional de
Inteligencia, un organismo creado tras los atentados aéreos a las Torres
Gemelas de Nueva York del 11 de septiembre de 2001, que coordina las
operaciones de 16 agencias de espionaje, entre las que figuran la
CIA,
el FBI, la DEA y la Agencia de Seguridad Nacional.
//Dennis Blair//

De Blair se sabe que nació el 4 febrero de 1947 –por estos días cumplirá
62 años– en la localidad de Kittery (estado de Maine), está casado,
tiene dos hijos, es aficionado a la pesca y a los deportes marinos, y
pertenece a una familia que sirvió en la Marina durante seis
generaciones. Graduado de la Academia Naval de Annapolis en 1968, obtuvo
un master en la Universidad de Oxford, donde se especializó en estudios
rusos, y se retiró de la fuerza en 2002.
A lo largo de sus 34 años de servicio, Blair estuvo en el Comando
Conjunto de
Estados Unidos en el Pacífico, fue enlace militar entre el
Pentágono y la
CIA, revistó en el Consejo de Seguridad Nacional y
dirigió una operación de combate contra los grupos aliados de Al Qaeda
en Asia. Después que fue nominado por
Obama, la prensa estadounidense
destacó que cuando el oficial naval permaneció al frente del Mando
Conjunto en el Pacífico había promovido la cooperación con
China y los
países de la región Asia-Pacífico, área en la que es experto.
En la audiencia de confirmación en el Senado, el 22 de enero pasado,
Blair condenó la tortura y los espionajes telefónicos no autorizados. En
adelante, de acuerdo con las directivas del mandatario número 44 de
Estados Unidos, supervisará el final de los interrogatorios “duros” de
la CIA autorizado por el ex presidente
George W. Bush tras los ataques
de septiembre de 2001, y organizará el cierre de la prisión en la
base
naval de Guantánamo (Cuba), a la que calificó como “un símbolo dañino
hacia el mundo”.
Antes, en noviembre del 2007, en un testimonio ante el Congreso declaró
que no creía en el uso de la fuerza militar en zonas inestables como la
que
Estados Unidos aplicó en los últimos años, en una referencia a los
casos de Afganistán e
Irak. “Es difícil recurrir con éxito al uso de la
fuerza militar a gran escala en regiones volátiles de países poco
desarrollados, algo que suele tener consecuencias inesperadas y rara vez
resulta rápido, efectivo, controlado y de corta duración”, sostuvo.
Obama ha dicho que
Estados Unidos “respetará los ideales y las ideas más
altas, y esta es una encomienda clara que les he hecho” a los servicios
de seguridad. Los nuevos funcionarios de inteligencia, agregó, deben
tener “una integridad incuestionable”.
Llegados a este punto, es bueno recurrir al archivo periodístico y
recordar una historia acontecida una década atrás en un lejano
archipiélago que en su momento sirvió de escenario para los relatos de
Emilio Salgari. En esa historia hay víctimas y villanos, pero no existe
ningún héroe al estilo de Sandokán.
En septiembre de 1999, en la pequeña ex colonia portuguesa de Timor
Oriental se produce una de las más sangrientas masacres del sudeste
asiático: miles de civiles son exterminados por grupos paramilitares
anti independentistas apoyados por el ejército de la vecina Indonesia.
Entre los asesinados hay más de 20 sacerdotes católicos, monjas y
seminaristas.
En las semanas siguientes, mientras aterrorizados periodistas,
observadores extranjeros y funcionarios de la
Organización de Naciones
Unidas huyen de la isla, la orgía de sangre concluye con la muerte de
60.000 personas. Es exactamente el doble de muertos y desaparecidos en
Argentina–de acuerdo con datos de organismos de derechos humanos–
durante el mal llamado “proceso de reorganización nacional” de
1976-1983.
Según el ex embajador de
Estados Unidos en la ONU, Patrick Moynihan –un
demócrata de tendencia conservadora, sociólogo y profesor de la
Universidad de Harvard, ya fallecido– la cantidad de víctimas timorenses
representa “casi la proporción de bajas sufridas por la Unión Soviética
en la
II Guerra Mundial”.
Indonesia había invadido Timor Oriental en diciembre de 1975, apenas una
semana después que ese territorio se independizara de Portugal. Eran los
tiempos del dictador Mohamed Suharto, “el Pinochet de Java”. Desde
entonces y hasta septiembre de 1999, se desencadena uno de los mayores
–y más ignorados– genocidios de la historia: más de 200.000 víctimas en
24 años.
Con una superficie de 14.874 kilómetros cuadrados –poco más que las
Islas Malvinas– en 1999 la ex colonia tenía 800 mil habitantes, de los
cuales 85 por ciento era católico.
Cuando las milicias pro Indonesia arrasan el 70 por ciento de aldeas e
incendian iglesias, escuelas religiosas y la sede de la Cruz Roja, 300
mil timorenses se refugian en las montañas selváticas y 200 mil son
deportados por soldados indonesios al sector occidental de la isla. “La
tragedia de Timor Oriental es una de las más pavorosas de este terrible
siglo”, escribe
Noam Chomsky en aquellos días.
El responsable de la matanza es el general Wiranto –conocido así, por el
apellido a secas– entonces ministro de Defensa y comandante de las
Fuerzas Armadas de Indonesia, acusado en 2003 de crímenes de guerra por
un tribunal de la ONU, aunque nunca será juzgado ni condenado.
Pero esta historia tiene otras derivaciones. En abril de 1999, dos días
después de que 62 personas fueran asesinadas dentro de la iglesia de
Liquiça, ciudad de 50.000 habitantes en la costa norte de Timor
Oriental, Wiranto recibe la visita del Comandante en Jefe del Comando
Conjunto de Estados Unidos en el Pacífico. Se trata del almirante Dennis
Blair. Aparentemente el militar norteamericano llega con instrucciones
de Washington para comunicarle que debe poner fin a las operaciones
terroristas de las milicias que se oponen a la independencia. Pero
Wiranto intensifica los ataques y ordena a la aviación que bombardee con
napalm.
Una clave de esta contradicción la da un informe sobre la reunión
elaborado por el agregado militar estadounidense en Yakarta y dirigido
al Departamento de Estado, que posteriormente se filtra a la prensa.
Según el documento, Blair “comunicó al jefe de las Fuerzas Armadas
indonesias que deseaba que llegara el momento en el que el Ejército
recuperara su papel hegemónico en la zona”. Y, además, lo invitaba a
reunirse con él en su cuartel general en Hawai para ayudarle a instruir
a la policía indonesa y a grupos seleccionados de militares “en técnicas
de control de personas y de muchedumbres”.
El Pentágono le ordena a Blair que rectifique su postura, pero las
evidencias demuestran que el oficial naval no presiona lo suficiente a
Wiranto, que continúa con el baño de sangre. La dimensión de la matanza
es tan espantosa que poco después el gobierno de William Clinton
suspende la relación militar con Indonesia. El experto en inteligencia
declarará posteriormente que no estaba enterado de la muerte de civiles
en la iglesia de Liquiça.
Este pequeño “desliz” de una década atrás no afectó en nada la reciente
designación de Blair. Para Washington, aparentemente, no fue más que un
poco de “limpieza étnica” en un lejano archipiélago asiático.
Un año antes de la masacre en Timor Oriental, el 21 de mayo de 1998, la
reportera Elisabetta Piqué, enviada especial del diario argentino La
Nación a Yakarta, capital de Indonesia, describe así al genocida, que
entonces tiene 51 años de edad: “Wiranto es considerado un moderado que
siempre apoyó al presidente, pero que en estos días demostró ser una
persona permeable y abierta al diálogo con la oposición. Su nombre es el
que más se menciona al hablar de un futuro nuevo presidente de
Indonesia”.
Las predicciones políticas no figuran entre las virtudes de la reportera
de La Nación. El ex militar, efectivamente, se postula como candidato en
las elecciones de 2004 y obtiene el tercer lugar, con apenas 22 por
ciento de los votos. Durante la campaña presenta como cantante un disco
con empalagosas baladas, titulado románticamente Para ti, Indonesia mía.